No busques la verdad; simplemente, deja de atesorar opiniones... Si quieres conocer la verdad, entonces no sostengas opiniones ni a favor ni en contra de nada. Establecer lo que te gusta frente a lo que no te gusta es la enfermedad de la mente.- (seng-ts'an)

http://www.oshogulaab.com/ZEN/TEXTOS/HSINHSINMING.htm

viernes, 28 de noviembre de 2014

El valle animado...

Los elementales de la Naturaleza son, en sí mismos, una realidad.
Cómo los percibas ya es otra historia...
En esto, y en muchas cosas de la vida!
Paseaba por aquel camino verde, que por el valle se pierde y es su dulce soledad, le gustaba subir a la colina y pasar por la puerta de la ermita, en ocasiones, y ante ella, sus labios murmuraban una oración. Y fue entonces que descubrió algo que se movía en una rama del viejo cerezo. En un principio pensó que se trataba de un petirrojo, pequeño pájaro de pecho tintado de rojo que habita estos lares. Pero no, no era éste. Al acercarse vio como un diminuto gnomo con el hacha al hombro se dirigía hacia unas hojas, secas ya, que se resistían a desprenderse.

Al ver que era observado, el pequeño hombrecillo la sonrió y levanto la mano en señal de saludo. Y llegándose hasta el borde de la rama, de un solo tajo las cortó.

-No sabía que habitases en este valle, le dijo la joven.

-¿Habitar?... respondió el gnomo, que se había sentado sobre la rama y la miraba. ¡Somos el alma del mismo! Sin nosotros nada vive, crece o se mueve. ¿No has oído hablar de nosotros?

-Bueno... oír oír, algo sabía, como todos supongo, pero creí que pertenecíais al mundo de los cuentos...

-Sonriendo respondió el gnomo colocándose con una mano el puntiagudo gorro rojo. Lo que llamáis cuentos es, en muchas ocasiones, lo que os queda de un conocimiento antiguo que un día tuvisteis... Interactuamos desde siempre con vosotros y la Naturaleza en muchos aspectos de la vida. Sin nuestro hacer ésta no sería...

Se levantó una pequeña brisa que movió las hojas del vecino nogal. Éste conservaba todavía su mayor parte. Le pareció ver entre ellas unas siluetas risueñas que saludaban al gnomo. Volviéndose hacia éste vio como, sonriendo, saludaba con la mano... El viento amainó lentamente y oyó al diminuto ser decirle:

-Son los silfos y las sílfides..., elementales del aire. ¿Tampoco sabías de su existencia?

-Pues... poco más o menos que como contigo...

-¿Y de las ondinas y salamandras?...

-Pues más de lo mismo... Conozco estos nombres y alguno más, respondió la joven. En principio por los cuentos que mi abuela me contaba de niña, después algo leí sobre todo ese mundo que creía de leyendas y fábulas... ¡Hasta hoy, desde luego! ¿Y sabes qué?, no me siento sorprendida de verte y saber de vuestra existencia... En mi fuero interno creo que siempre he sabido algo así!

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¿No oculta, en parte, toda la información en la que hoy se mueve la sociedad el saber natural de siempre? ¿No es, en parte, esta misma información creada, artificial, la causa de la desorientación, limitación e ignorancia en la que el ser humano se encuentra hoy?
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¡La verdad os hará libres!
Enseñó Aquel... 
Y sigue siendo vigente el mensaje, pero a la vista del momento cabría deducir que esa misma humanidad está lejos de alcanzarla.

Tal vez recorre un camino equivocado...
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jueves, 20 de noviembre de 2014

La ventana aquella...

Era una noche infernal. Doy fe de ello! Conduciendo mi furgoneta y con la sola compañía de mi perra Loba me adentraba en lo que parecía ser la boca del infierno...

Una noche oscura, negra, para no vivirla. Una fuerte tormenta de agua y truenos como no había visto nunca, ni he vuelto a ver. ¿Oscura? En un mar de fuego se fue convirtiendo aquello. Relámpagos a cientos y muy seguidos iluminaban el cielo como tratando de romperlo. El ruido ensordecedor. La carretera se dirigía cuesta abajo. El aguacero era tal que la claridad de los rayos no era suficiente para ver nada alrededor. Ni los bordes del camino...

La furgoneta seguía su curso. Digo la furgoneta pues nunca tuve claro quien la dirigía... Espantado no estaba, en parte porque no cabiendo otra cosa a qué espantarse. Pero convencido de que iba derecho al centro de una tormenta que parecía brotar de las entrañas de la tierra. La carretera seguía descendiendo. Nada veía al margen de lo que los faros iluminaban apenas delante de mí. Si hubiese podido dar la vuelta lo hubiese hecho, pero no había forma. Solo continuar y continuar...

Y continué, en ese convencimiento interno de que lo que tuviese que suceder sucedería, y que en el fondo no pasaría nada.

Y sucedió. Algo que no he olvidado nunca. Algo que ahora mismo vivo con la misma intensidad que entonces. La estoy viendo...

Había dejado de llover hacía mucho rato ya y la tormenta dejada atrás. La noche de madrugada. Loba dormida. La furgoneta atravesando una vieja ciudad del norte y... fue al ir girando una esquina redondeada que la vi... ¡aquella ventana!.

Las contraventanas abiertas de par en par, no había cortinas. No se veía el interior. Todo el conjunto, aquel espacio de calle, estaba iluminado por una bombilla exterior que, cubierta por un plato de aluminio blanco al final de un eje en forma de S, daba cierto aspecto de vida en aquella solitaria noche. Y sentí...

Sentí, en los breves segundos que tardé en girar aquella esquina perdiéndome entre calles sin gentes, que aquella habitación, vacía posiblemente, y amueblada por mí con una sencilla y acogedora cama, y tal vez algo más, era mi hogar. Mi entrañable y acogedor hogar en aquel momento.

Y viví con intensidad aquel lugar que la noche me proporcionó. Fue esa la primera vez que fui consciente de la relevancia que ciertas ventanas han tenido en mi vida...  

domingo, 9 de noviembre de 2014

El invierno... ¡me encanta!

Veía caer la nieve arrastrada por el fuerte viento, que adivinaba frío, sentado en el compartimento del tren que me llevaba hacia Buera, pequeño pueblo de la provincia de Huesca.

Si bien dentro la temperatura era agradable, seguía llevando la bufanda puesta. Esta entrañable prenda suelo ponérmela con el primer atisbo de frío y me acompaña hasta que la primavera se hace notar.

El traqueteo del tren, recuerdo de aquellos viajes de antaño, de cuando niño, de las empanadas que mi madre preparaba para la ocasión. Ya no hay quien las haga igual. Ni el sabor, ni la textura, ni nada... Es como la fruta de hoy. ¿En qué fábricas la producen?

Absorto en el paisaje no me di cuenta que la pareja que se sentaba a mi lado, un matrimonio mayor que había subido poco antes al tren, empezaban a sacar algo de un cesto. Ella, sonriendo amable y hasta con dulzura, me tendía un pequeño paquete envuelto en papel. ¿Te apetece comer algo?...

La siguiente parada era, Calatayud...

¡Calatayud! ¡Qué recuerdos de la niñez... Mi madre de nuevo..., el ayer!

Mi madre, como tantas mujeres entonces, solía cantar en casa mientras hacía las labores o cocinaba. Y he de decir que tenía una gran voz. Me llamaba la atención ya en aquel tiempo... El repertorio de canciones que se oía por todas partes era el de la época. ¡Entrañable!

Y entre ellas, La Dolores. Tarareando mentalmente la melodía de aquella canción misteriosa que, oída mil veces, nunca entendí del todo...

“Si vas a Calatayud
pregunta por la Dolores
que una copla la mató
de vergüenza y sin sabores.”...

… inqué el diente en aquel sabroso bocadillo que la nobleza de Aragón compartía conmigo.

lunes, 3 de noviembre de 2014

El pueblo de los fantasmas...

Sucedía en el verano de 1974, en un pequeño pueblo de montaña de la provincia de León lindando con Asturias.

El alcalde había convocado un pleno para tratar el tema que, desde hacía unas semanas, tenía alborotados a algunos vecinos que aseguraban haber visto fantasmas por los alrededores del pueblo.

El del clarín (pregonero) anduvo la mañana del domingo tocando y voceando la prevista reunión vecinal.

“Por orden del sr. alcalde se hace saber... que el próximo viernes habrá... pleno municipal... Y se invita a todos los vecinos a aportar lo que consideren... para la aclaración de...”

Ni que decir que dicho día estaba la sala que no cabía un alfiler. Y en la plaza del pueblo una ingente cantidad de personas, muchas venidas de pueblos aledaños y aún de la ciudad, formaban pequeños corros comentando el tema... Dos cámaras de tv y algunos periodistas completaban el cuadro de aquel memorable día.

Entre los asistentes ya sentados dentro del ayuntamiento se encontraba el panadero del pueblo, quien junto a su mujer habían estado ausentes al tomarse dos semanas de vacaciones. Llegados la noche antes, no se habían enterado de lo sucedido.

Cuando en un total silencio el secretario empezó a leer los datos aportados por unos y otros...

“Que en dos o tres noches de luna y calor sofocante, se habían visto unas figuras humanas de color blanco, de los pies a la cabeza y se cree que desnudas, corriendo y danzando por las eras del grano...”

Una sonora carcajada interrumpió el relato, encogiendo aún más si cabe el corazón de algunos, provocada por el panadero... Quien cogiendo de la mano a su esposa, sonriendo también aunque algo sonrojada, y haciéndose sitio entre el gentío asistente, abandonaron precipitadamente la sala...

Unos días después todo el mundo sabía lo sucedido. Las sonrisas de los vecinos saliendo de la panadería y el aumento de la venta de pan indicaban que allí se estaba cociendo algo...

Para celebrar su décimo aniversario de bodas, la pareja lo había estado celebrando en privado, y puesto que la juventud y la pasión seguían vigentes, después de cenar, descorchar el champan e irse a la ducha juntos, se les ocurrió pasar por el almacén de las harinas y, húmedos todavía, embadurnarse bien de ella y salir por la puerta trasera a correr al que te pillo...