Sentado a la sombra de unos robles en la terraza del restaurante de mi hija, aparece mi nieta mayor, 22 años.
─ ¡Hola, aitite! (abuelo)
Venía de casa, enfrente, a 30 m del lugar. Acababa de terminar sus estudios. Vestía pantalón corto y camiseta. Se sentó a mi lado, pero de frente al sol.
─ Aitite, ¿se va a acabar el mundo?
─ ¡No ni amor, el mundo no se acaba!
Y totalmente relajada pasamos a otros temas de conversación.
El coche de segunda mano que espera que le compremos entre los aitites y sus padres. El máster que iniciará en la universidad de Eskoriatza el próximo curso, tras haber finalizado la carrera de andereño (maestra). El calor que hacía, las palomas del campanario, los gorriones que venían a comer las migas de pan que yo les echaba, etc.
Y es que la vida, bien entendida, es digna de ser vivida en armonía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario