Ayer oí una frase que alguien le decía a quien acababa de ver “partir” a su querida amiga, tras una breve y grave enfermedad de última hora…
¡Déjala marchar. Déjala marchar!
Quien así se expresaba, ¡sabía! Y a su vez, estaba libre de creencias… limitadas. Generalmente religiosas... ¡De una religión mal entendida! ¡Respetable, sin duda! Siempre y cuando no trate de imponerse a los demás por la fuerza de lo que sus integrantes consideran ¡prácticas inmorales!
La ignorancia sobre la vida «real» de estas personas, el título de “cristianos” que creen que les asiste, les hace opinar desde ese espacio personal suyo sobre prácticas y derechos legales que las sociedades se han dado.
¡Jesús enseñó sobre la Vida con palabras vivas! Hoy muchos sólo sostienen sus palabras petrificadas en libros! Su conciencia acomodada. Y su ignorancia por bandera.
Un hecho real, de hace muchos años.
Una madre, mayor, habiendo vivido su vida hasta entonces, pero cansada ya… En cama desde hacia varios días. Sus tres hijas alrededor. Sintiendo, cómo no, sufriendo incluso. ¡Pidiendo por ella!
Su madre les dijo:
─ Estoy cansada, he vivido mi vida bien, pero ahora ya quiero irme. Descansar. Pero no puedo hacerlo porque estáis pidiendo por mí. Y ello me impide marchar. Quiero pediros que dejéis de hacerlo. ¡Que me dejéis ir!
Al día siguiente y tras dejar las hijas de rezar por ella, la mujer partió.
Esto mismo pide la persona que, en un sufrimiento constante y de enfermedad incurable desea dejar de sentirlo. Un equipo médico valida esa decisión. Todo está preparado para la eutanasia…
Y de pronto, quienes ni están enfermos ni sufren por nada, se oponen a ella.
¿La razón, su única razón? ¡Sus simples creencias sin más base que su intransigencia!























