1951.
Noia. Galicia. 3 años.
Mientras
los mayores, sentados a la mesa y con cierta seriedad en el semblante
y también en el lenguaje, charlaban de vaya usted a saber qué, me
entretuve en quitar el papel de colores que cubría el caballito de
cartón sobre ruedas que, posiblemente, correspondía al regalo de
reyes de ese año. Recuerdo que era consciente, por las miradas que
de vez en cuando les echaba, que no tenían intención de regañarme
por ello...
1952.
Santa Marta del Tormes. Salamanca. 4 años.
Escribí
la carta a los reyes magos, y haciendo una bola con ella y saliendo a
la puerta de casa, mi padre la tiró al tejado. Entramos, y a los
pocos segundos llamaron a la puerta. Eran los reyes, sin verles por
supuesto, que se la llevaban...
1955.
Mallorca. 7 años.
Verano,
fuerte calor. Encontré un pollito muerto en la
calle... lo coloqué en media teja y lo cubrí de yerba verde. Me
entretuve jugando con la teja al hombro y canturreando como si fuese
un entierro. Un chico mayor que yo me preguntó que qué llevaba, se
lo enseñé. Lo cogió y lo estuvo observando... "No está
muerto" me dijo... Tal vez me dijo algo más que no entendí,
seguí jugando.
¡Ernestoooo!
gritó mi madre desde el balcón... ¡A comer! Tiré la teja y el
pollo contra la pared de la calle y subí corriendo a casa. A la
media hora se oyó piar un pollito por la ventana. Bajé y allí
estaba todo vivo... Al tirarlo lo que hice fue dejarlo a la sombra de
la tapia. Y puesto que no estaba muerto, sólo desmayado como
luego supe, con el frescor revivió.
1956
Noia. Galicia. 8 años.
Las
mujeres, principalmente por la tarde y con buen tiempo, salían a la
puerta de sus casas y apoyando el mundillo sobre la
pared o en el respaldo de una silla, y sentándose sobre otra pequeña
y baja, empezaban a mover los dedos de forma vertiginosa haciendo que
los bolillos de uno y otro lado se entremezclasen, formando esos
dibujos de encajes que siempre me maravillaban que pudiesen salir de
aquel aparente caos de hilos y bolillos.
1959.
Ibiza. 11 años.