Hoy es un día que, fresco y nublado como está, es ideal para recorrer el valle de Atxondo por esa vereda que en su día fueron las vías del tren, que lo recorría hasta las minas que había al final.
Hacerlo a buen paso a la ida, cuestión de ejercitar el cuerpo, ya después a la vuelta, más sosegado. Oyendo el rumor del río, en esta época sereno en su fluir. Los diferentes cantos de las aves que, en vuelo o posadas en la umbría, amenizan el ambiente tranquilo de las campas, prados, huertas y caseríos.
Y si has tenido la precaución de traerte la pequeña y musical flauta, siéntate en el murete de piedra que separa el camino de las campas, donde pace el ganado, caballos con sus crías, vacas y terneros, ovejas recién esquiladas, burros… Y toca esa dulce melodía que tocaba Abenámar, “El pastor y las estrellas”, que dejó su hogar un día para ir tras la Luz.
