LA VERDADERA ESPIRITUALIDAD
Le
preguntaron al Maestro: «¿Qué es la espiritualidad?».
«La
espiritualidad», respondió, «es lo que consigue proporcionar al
hombre su transformación interior».
«Pero
si yo aplico los métodos tradicionales que nos han transmitido los
Maestros, ¿no es eso espiritualidad?».
«No
será espiritualidad si no cumple para ti esa función. Una manta ya
no es una manta si no te da calor».
«¿De
modo que la espiritualidad cambia?».
«Las
personas cambian, y también sus necesidades. De modo que lo que en
otro tiempo fue espiritualidad ya no lo es. Lo que muchas veces pasa
por espiritualidad no es más que la constancia escrita de métodos
pasados».
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Los
métodos pasados es eso que mantiene a tantos inmóviles a día
de hoy... Esperando que alguien les indique por donde se va al
Océano.
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EL
PEQUEÑO PEZ
«Usted
perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más
experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame:
¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo
por todas partes, sin resultado».
«El
Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».
«¿Esto?
Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano»,
replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba
nadando a buscar en otra parte.
Se
acercó al Maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje
de los sannyasi: «He estado buscando a Dios durante años. Dejé
mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo
ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del
desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los
pobres».
«¿Y
lo has encontrado?», le preguntó el Maestro.
«Sería
un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he
encontrado. ¿Y tú?».
¿Qué
podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación
con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban
felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo
lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito
zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y
sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no
había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.
Al
cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y
se fue a buscar a otra parte.
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Deja
de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que
estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo.
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Anthony de Mello

