Oyó como el Silencio le llamaba de
nuevo. Ya había sucedido antes... No tuvo que despedirse de nadie.
Sabía en su fuero interno que en realidad “no había nadie en
casa”. Cierto que en ocasiones hubo risas y algarabía en el
interior del vehículo. ¡Cómo no! Y se bajó.
Se bajó del autobús, pues comprendió
que era el final de su trayecto. Ignoraba si el último. Ya en otras
ocasiones pensó que sí, pero ahí estaba de nuevo, subido en él y
dispuesto a bajarse.
Había pasado el autobús hacía un
tiempo y decidió subirse a él. ¿La razón?... ¡Algunas!.
¿Destino? Preguntó el conductor... ¡Dios dirá! Esto afirma
últimamente. Antes creía que la meta la marcaba él...
Y la marcaba, ¡vaya que si la
marcaba! Y llegaba a destino. El marcado, el creado por él mismo. No siempre era de su agrado. No siempre el esperado.
Y recordó las enseñanzas recibidas a
lo largo de la vida. Las últimas más claras y definidas, más
directas. Y que una vez asumidas y aplicadas habían transformado su
vida como de la noche al día... Y volvió a bajarse, contento de
reconocer la Voz una vez más...
Y les vio seguir el viaje... a ninguna
parte. Pues el destino eran ellos mismos, aunque no lo recordaban...
Y por ello la ilusión de avanzar, en algunos. En otros era un simple
viajar por viajar, o eso creían.
“Tú sólo pon las
ruedas en movimiento, el resto déjamelo a Mí”.
¡Hecho Padre!
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Hola, durante un tiempo no entraré ni en vuestros blogs ni en el mío con la frecuencia de hasta ahora.
Gracias a todos. Un fuerte abrazo.
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