domingo, 16 de agosto de 2015

Piedras viejas


“Acababa de cumplir 4 años. Mis padres y yo vivíamos en un pueblecito de Galilea a una distancia de dos días de marcha al norte de Jappa. Jappa era la ciudad, toda una aventura. De pie sobre el murete del jardín que rodeaba nuestra modesta vivienda, contemplaba a menudo la larga fila de caravanas de camellos que se dirigían a ella con paso indolente. Era una de mis distracciones favoritas...

Nuestro pueblo estaba rodeado por lo que en aquel entonces me parecía una autentica fortificación, y que sólo era un murete de piedras grises. Apenas sobrepasaba un metro de altura.

Mi padre me repetía siempre, como para estar seguro que sus palabras se grabasen en mí, que se trataba del “cerco sagrado” y que todo lo que permanecía y crecía bajo su sombra quedaba protegido y bendito”. (*)

Año cero. O incluso anterior. Quien así se expresa es Simón. Palestino, Esenio, como Jesús. Habitante del pequeño pueblo que albergó durante un tiempo al propio Jesús, sus padres y hermanos mayores. Compartió con éste espacio y estudios en el Krmel. Si bien a Jesús la instrucción se le daba a parte. Posteriormente y junto a su compañera Miriam se convirtieron en discípulos de éste. Ayudando a cumplir lo que tenía que ser hecho...

¡Me gustan las piedras viejas!

Sentado en las ancestrales piedras del valle donde habito, pintadas de líquenes viejos y enredaderas de un pequeño murete que separa las vacas que pastan en el prado del camino de tierra, observo a los caminantes que vuelven o van..., y trato de adivinar, cuando no leer, a quien así lo quiere, qué esconden sus almas...”

Una amiga mía dice que me gusta lo viejo porque yo mismo lo soy... No sé donde mirará mi amiga, pues aquí no hay nadie viejo. Cierto que me gustan las piedras viejas, lo antiguo, lo de antes. Lo que estaba vivo entonces y sigue estándolo... A diferencia, quizás, de lo “nuevo o actual”. Que tiene su propio ritmo y realidad, lo sé. Acorde con quienes lo viven hoy. ¡Cierto! Pero...

Vieja” era la isla de Ibiza donde nací... 1948. Y sigue siéndolo pues así la veo y vivo cuando la visito. De lo nuevo, estridencias incluidas, nada sé. La “vieja” casa, entonces, de mi abuela sigue estando. ¿Más vieja? ¡No! Igual que antes. ¿No son las mismas las orillas y el mar que la rodean? ¡Pues lo mismo! ¿No son mis ojos y hasta yo mismo el mismo que corría y jugaba entre sus viejas y entrañables calles? ¡Claro! ¿Qué ha cambiado? ¡Yo no! ¡Y si yo no cambio, nada cambia!

Santa Marta del Tormes. 1952. La pequeña y antigua iglesia de aquellos tiempos sigue dando cobijo a quienes lo necesitan. La casa que habité sigue en pie. Las eras que antaño servían para trillar el grano son hoy espacios habitados por miles de vecinos. ¿Y qué? El río Tormes es el mismo, su cauce, su caudal, su vida. Como vivo sigue, o algún retoño suyo, el ciruelo al que me encaramaba a comer sus frutos.

La ancestral Noia. 1956. “Vieja” y querida villa de donde guardo vivencias inolvidables. Cada vez que la visito se viste igual que entonces. Las baldosas de la alameda desaparecen y es la tierra del ayer la que pisan mis pies. Y si me siento en un banco de piedra, estos sí se conservan, las figurillas de un jinete con lanza y casco sujetan mi espalda. Si bien hoy esos dibujos ya no están.

Palma de Mallorca. 1957. Nuestra casita en el campo. Sus frutales y su jardín. Sus paredes blancas. Los almendros, su resina, sus higueras, caquis. Sus entrañables aromas en todo de todo. También el hombre del carro... ¡Pobre! Qué susto se llevó cuando yo mismo me asusté.

Y miles de ciudades más, pueblos antiguos, casas viejas, caminos de tierra, monasterios y conventos, donde el tiempo, si es que ha existido alguna vez, se ha detenido!

(*)Del libro "Memoria de Esenio. La otra cara de Jesús". Anne y Daniel Maurois-Givaudan.

martes, 4 de agosto de 2015

Proporción.


A un visitante que había acudido esperando encontrarse con algo fuera de lo normal le defraudaron las triviales palabras que el Maestro le había dirigido.

-Había venido aquí buscando a un Maestro-, le dijo a un discípulo, -y todo lo que he encontrado ha sido un ser humano que no se diferencia de los demás-.

Y el discípulo le replicó: -El Maestro es un zapatero con unas infinitas provisiones de cuero. Pero lo corta y lo cose de acuerdo con las dimensiones de tu pie-.

¿Quién puede hacer que amanezca? Anthony de Mello. 

viernes, 31 de julio de 2015

...de vacaciones!


Acaban de irse las tres a pasar una semana de vacaciones a Ondarroa, puerto pesquero y con dos playas a 40 minutos de casa.

Un antiguo edificio de la casa ALFA ha sido habilitado como refugio y restaurante por unos amigos de mi hija. Ubicado a pie de playa, aunque hay que bajar por unas escaleras, les servirá de estancia.

-Nos vamos aitite (abuelo), besos... Naia, la mayor.

-Aitiiite... besitos... Ziara, 4 años, subiéndose a la cama en la que me había tumbado. Muchos besitos...

Y cuando ya se bajó me explicaba moviendo los brazos que mañana no te veo... y el otro mañana y el otro, y el otro, y el otro... Te mandaré un regalo... Y una postal...

Y así de contentas salieron de casa las tres en un día no precisamente veraniego por la lluvia que de vez en cuando ha caído.


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La de los 4 años hace dos noches:

Naia venía a dormir con nosotros. Ella no esa noche. Estaba jugando sentada de espaldas a su madre y hermana mientras la primera le decía a la mayor, coge la bolsa de la basura y baja a tirarla...

Ziara, sin levantar la vista de sus juegos, dice: no sé para que decís tonterías y mentiritas, si ya sé que va a dormir a casa de amama y aitite...

Las otras dos se quedaron pasmadas!! (No se les miente sobre nada, pero la pequeña lo interpretó así)

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jueves, 30 de julio de 2015

...se disfrazaba de campesino.

Los campesinos del Ángelus.
Jean-François Millet, 1857-1859

Más allá del cielo.

Había una vez un rabino que tenía fama de santo. La gente vivía intrigada porque todos los viernes desaparecía sin que nadie supiera a dónde iba.

Dada su bondad y buen nombre, comenzó a correr el rumor de que, en esas ausencias de los viernes, iba a entrevistarse con el Todopoderoso.

Para salir de dudas, encargaron a alguien que siguiera secretamente al rabino y averiguara a dónde iba.

El viernes, el "espía" siguió al rabino a las afueras de la ciudad y hora y media después, cuando sus piernas ya flaqueaban de cansancio porque los pasos del rabino eran muy vigorosos, descubrió que este se disfrazaba de campesino y, así vestido, entraba en un rancho miserable donde se dedicaba a atender a una mujer no creyente que estaba paralítica.

En las horas siguientes, el rabino lavó y planchó la ropa de la enferma, le preparó comida para ese día y para el sábado, limpió la casa, hizo algunos arreglos y cortó leña para alimentar el fuego toda la semana.

Cuando el "espía" regresó a la congregación, todos los miembros de la comunidad le rodearon ansiosos.

-¿A dónde fue el rabino? - le preguntaron-. ¿Le viste subir al cielo?

-No- respondió el "espía"-. Le vi subir mucho más arriba.
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Esta historia, real en sí misma, sucede con mayor frecuencia de lo que podría suponerse. De hecho es la acción más natural que muchos estaríamos dispuestos a realizar.

¿Entonces, qué sucede para que no se haga más ampliamente?

Creo que tiene que ver con el hecho de no comprometerse... demasiado. No ha realizarla una, dos o tres veces. ¡No! Pero sí a institucionalizarla en nuestras vidas.

Hay un fondo en cada uno de nosotros que tiende la mano al de al lado. Pero también hay una prevención a ello. Una pugna constante. A veces gana una, en ocasiones la otra. El problema radica, creo, en nuestra propia falta de seguridad. No nos atrevemos a hacer porque pensamos que después no sabremos cortar una situación que podría desbordarnos. Y por ese miedo, justificado, sin duda, pero a la vez infundado, pues no sabemos si esa situación se daría, no sacamos la mano del bolsillo... No la abrimos.

Y en consecuencia tampoco nosotros recibimos.
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martes, 28 de julio de 2015

...la moda.


Llegó al pueblo mochila al hombro y bajo aquel persistente “calabobos”. Fina lluvia que, sin parecerlo, calaba hasta los huesos. Cuantas veces surgía esta palabra se acordaba de su abuelo. Él fue quien se la enseñó cuando, de niño, llegó a la aldea.

Buscó un lugar donde guarecerse y le pareció haberlo encontrado al descubrir bajo el mismo techo a aquella elegante joven que lo miraba con insistencia. Se volvió a un lado y otro tratando de confirmar que era a él a quien miraba. ¡No había duda! Si bien le extrañó ese interés dada la imagen algo desaliñada que, de seguro, presentaba.

Observó el lugar. No era muy grande aunque sí limpio. Pasaría la noche allí. Resultaba acogedor dadas las inclemencias exteriores. Se acomodó en el banco y, abriendo su mochila, sacó media hogaza de pan que había comprado el día anterior. De otro bolsillo extrajo un paquete que al abrirlo expandió un sugerente olor a salchichón de calidad. La invitó a probarlo... Ella declino con una sonrisa.

Después de cenar se arrellanó en su asiento y, mirándola a los ojos, inició una conversación con ella. Empezó contándole su afición a estas escapadas, ese vagabundear sin destino, tratando de encontrar el suyo, tal vez. Su fracasada relación de pareja... Sus pensamientos, sus anhelos. La filosofía sobre la vida, que los largos silencios del camino le habían ido enseñando. De vez en cuando la interpelaba con sus ojos por ver si se cansaba de tanta palabra. Si bien no resultaba muy habladora, su mirada y su sonrisa le invitaban a seguir.

Y así pasaron los tiempos...

El cansancio empezó a adormecer la conversación. Le dijo que pensaba pasar la noche allí. Preguntándole también si ella lo haría. Una vez más asintió con su sonrisa. Se alegró. En principio no supo como interpretarla... ¿Dormiría con él? Tampoco estaba claro. Aún así se alegro de su presencia.

El sueño venció los pensamientos...

Creyó notar en la madrugada la tibieza de su cuerpo acurrucándose junto a él... No estaba seguro, tampoco quiso concretarlo demasiado. Volvió a dormirse con esa agradable sensación.

La mañana siguiente los encontró bajo el mismo techo. Desperezándose y con una sonrisa le dio los buenos días... Ella ya estaba vestida y le correspondió con la suya. Mientras desayunaba le hizo saber que no tardaría en emprender la marcha. La preguntó que sí quería acompañarle. Declinó la invitación con la suave y sempiterna sonrisa...

Cuando pasó el autobús por la parada en la que habían dormido, él, ya con la mochila preparada se subió. Mientras éste iniciaba la marcha la volvió a mirar despidiéndose con la mano... Ella le miraba también... sonriendo. ¡No la olvidaría fácilmente!

Lo que no entendía muy bien eran aquellas letras que, tras ella, habían presidido todo el encuentro:

“Tu moda de verano en El Corte Inglés”.

jueves, 23 de julio de 2015

La buena intención...

1954, seis años. Escuela de monjas... de aquellos años. El olor a las gomas de borrar, lápices, recortables, cuyas figuras teníamos que dibujar. La clase, la monja. La recuerdo hoy, la estoy viendo sentada haciendo ganchillo mientras los niños estábamos sentados en bancos corridos a ambos lados. Me intrigaba que, sin mirarme, conociese mis movimientos... ¡Santa inocencia!

Con la mejor intención y en los tiempos que corrían, una mañana la relogiosa nos contó lo siguiente: “Si en alguna ocasión vais por la calle”, por calle hay que entender que, quien más quien menos, recorríamos un largo trecho por el campo para llegar a la escuela, “y un hombre subido en un carro os pregunta que si queréis subir, no lo hagáis, pues es el diablo”. ¡Tal cuál me quedé!

Salimos de clase y emprendí el camino de vuelta a casa. A mitad de trayecto un hombre mayor, enjuto, subido en su carro se para a mi lado y me pregunta por una dirección. Se la indico. A continuación el hombre me pregunta que si voy hacia allí y quiero subir al carro. ¡Para qué más!

Media vuelta corriendo como un loco hacía la escuela, aporreando la puerta y llorando hasta que abrieron... ¡el diablo quiere llevarme, el diablo quiere llevarme!

Mirando por los cristales de la clase el aguacero que caía, permanecí en compañía de la monja hasta que mi padre vino a buscarme. Supe entonces y desde entonces lo que era el miedo.

El “diablo”, todo apurado, llegó detrás de mí al convento a explicar lo que había sucedido... Susto para mí, susto para aquel hombre, que de seguro no volvió a invitar a nadie a subir al carro. Y, ¿lección para la monja? A nivel personal puede. A nivel de comunidad religiosa, ¡daños colaterales! Es mejor crear una infancia/sociedad temerosa, que éstas se salgan de los cánones establecidos. 

Bienintencionado era el mono que sacó al pez del agua, y lo puso sobre una rama, para evitar que se ahogase con la crecida del río. (Cuento de sabiduría). Y es que si de algo carecen en su mayoría los bienintencionados es de eso precisamente, de sabiduría. Van por la vida repartiendo pareceres y ayudando a otros, cuando la realidad es que lo único que hacen es expandir sus propias creencias, miedos, limitaciones, ignorancias, cuando no intereses personales, de grupo o instituciones.

Anoche mi nieta Naia, 11 años, bajó a tirar la bolsa de basura de su casa mientras se dirigía a la mía, 20m, pues íbamos a dar el paseo por el valle que damos estos días. Cuando subió nos comentó, riendo y tan tranquila, que una mujer le había preguntado sonriendo, ¿no tienes miedo, niña? A lo que ella le contestó que no!

¿Qué razón pudo tener aquella mujer para preguntar semejante cosa? La ignorancia lo primero, la razón principal de la condición humana. La expansión de su propio miedo. Muchas personas se sienten mejor, inconscientemente, si a su alrededor los demás se miden a la baja en relación a ellos, en vez de fomentar el crecimiento, la seguridad, la libertad y el saber.
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El monstruo del río.

El sacerdote de la aldea era distraído en sus oraciones por los niños que jugaban junto a su ventana. Para librarse de ellos, les gritó: ¡Hay un terrible monstruo río a bajo. Id corriendo allá y podréis ver como echa fuego por la nariz!

Al poco tiempo, todo el mundo en la aldea había oído hablar de la monstruosa aparición y corría hacia el río. Cuando el sacerdote lo vio, se unió a la muchedumbre. Mientras se dirigía resollando hacia el río que se encontraba cuatro millas más abajo, iba pensando: 
La verdad es que yo he inventado la historia. Pero quién sabe si será cierta.
Antonny de Mello
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Es mucho más fácil creer en los dioses que hemos creado si somos capaces de convencer a los demás de su existencia.

jueves, 16 de julio de 2015

Árboles.


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Los árboles han sido siempre para mí los predicadores más eficaces. Los respeto cuando viven entre pueblos y familias, en bosques y florestas. Y todavía los respeto más cuando están aislados. Son los solitarios. No como ermitaños que se han aislado a causa de alguna debilidad, sino como hombres grandes en su soledad...

Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles , aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

Un árbol dice: Mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mi. Vivo, hasta el fin, el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo de esta confianza.

El ansia de vagabundear me acelera el corazón cuando oigo al atardecer el susurro de los árboles. Si se escucha durante largo rato y con la quietud suficiente, se aprende también la esencia y el sentido de esta necesidad del caminante. No es, como parece, una huida del sufrimiento. Es nostalgia de la patria, del recuerdo de la madre, de nuevas parábolas de la vida. Conduce al hogar .

Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es. Esto es la patria. Esto es la felicidad.

Hermann Hesse.
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Los árboles son poemas que la tierra escribe en el cielo. 
Los cortamos y los convertimos en papel, para poder dejar constancia de nuestro vacío".

Kahlil Gibran.
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martes, 7 de julio de 2015

♪ ♫ El patio de mi casa es particular♫ ♪ ...



♪ ♫ El patio de mi casa es particular♫ ♪ ...

… ♫ ♪ Cuando llueve se moja como los demás ♪ ♫ ...

♪ ♫ Agáchate y vuélvete a agachar que los agachaditos saben bailar♫ ♪ ...

♫ ♪ H, I, J, K, L, LL, Ñ, A ♪ ♫ ...

♪ ♫ Que si tú no me quieres otra niña me querrá ♫ ♪ ...

♫ ♪ Chocolaaaate, moliniiiillo, corre coooorre, que te piiiillo ♪ ♫ ...

♪ ♫ Correrás correrás pero no me pillarás♫ ♪ ...

Así cantaban las dos niñas, de unos 7 y 10 años, sentadas delante de él en el autobús que les llevaba a Sanxenxo. Había aceptado la invitación de un matrimonio amigo de pasar dos semanas con ellos.

Recordó haber cantado esa canción de niño. Un pensamiento cruzó su mente y se vio en aquellos años. Corría tras un aro guiado por una horquilla por las viejas y entrañables calles de la ciudad que le acogió.

Por un instante pensó en cuales serían sus pensamientos de entonces respecto al mundo, la vida, las cosas. Si es que había tales pensamientos. Determinó que sí. Que los había. ¡Y de cierta profundidad! Inherentes a la condición de niño. Pues los niños piensan, sienten y actúan desde una realidad que, de adultos, parece perderse...

En esos instantes cayó en la cuenta de que si bien él la habría perdido también, y se hizo consciente de ello, el momento en el que se encontraba en su vida parecía llevarle de vuelta a esa realidad olvidada.

Y comprendió que la vida es como un tiovivo. De niños, caballitos de ilusión, inertes, dando vueltas sobre un eje. Risas y despreocupación. De adultos, el mismo tiovivo (¿has visto como gira, va, el mundo?), los mismos caballitos en los que ya no nos montamos. ¡No es serio. Estamos ocupados. Tenemos responsabilidades! De mayor, la música del tiovivo del ayer vuelve a sonar en nuestros oídos... Y como si del flautista de Amelín se tratará iniciamos la vuelta atrás. Hacia la cordura, la despreocupación, la sabiduría del niño.

Y se vio en casa de sus abuelos, niño y mayores, sin el paréntesis de la adultez, y entendió que si bien todos, Todo, es uno, hay etapas en la vida. Y la del medio no es precisamente la más brillante.

sábado, 4 de julio de 2015

¡Ten por seguro que allí estaré!


Había quedado con su amiga a comer en la cafetería de la playa al otro lado de la isla. Llegó cerca de dos hora antes. Buscando un buen lugar para sentarse, no reparó en el hombre que, al fondo de la sala, la miraba con interés... Se sentó de cara al exterior viendo romper las olas sobre la arena. A esas horas de media mañana no era mucha la gente que la frecuentaba. Pidió un té... Y se ensimismó en sus cosas.

De vez en cuando colocaba las manos sobre su vientre que, con siete meses y medio de embarazo, se hacía notar. Le gustaba esa sensación de caricias y diálogo que sabía que ella agradecía.

¡Caricias! Eso que siempre echó en falta a lo largo de su vida. Su madre falleció cuando contaba 12 años de edad. Y si bien nunca le faltó el cariño y el contacto de su padre, del resto de la familia y el de la nueva mujer de éste, siempre sintió la falta de aquellas cálidas manos que la acariciaron como sólo ella sabía hacer.

Algo la hizo regresar a la realidad del momento. Volviendo su cabeza tropezó con aquellos ojos que la observaban. Durante varios segundos se estuvieron mirando... Curiosidad, y un cierto algo en la mirada de aquel hombre la hizo estremecer ligeramente. ¿Había calidez en aquellos ojos, o era ella quien creía percibirla? Acercando la taza de té a sus labios volvió su mirada hacia la playa...

Una ventana abierta de la cristalera le permitía verle como si de un espejo se tratara. Le pareció alto, delgado, pelo negro, aunque creyó percibir la blancura en sus sienes. Una camiseta veraniega con estampados de barcas y velas le daba cierto aire juvenil... Dejando la pluma sobre el cuaderno que parecía estar escribiendo, éste se levantó y se dirigió hacia la puerta que daba a la terraza. Al acercarse donde ella estaba y creyéndose no observado, la miró largamente... Al pasar por su lado hizo un pequeño gesto con su mano...

Cuando su amiga Laura llegó, encargaron la comida para media hora más tarde. Y se fueron a bañar. Si bien sus pequeños senos habían aumentado de tamaño, ello no le impedía bañarse en top-less. Incluso, en ocasiones, no llevar sujetador bajo la ropa. Ese día, uno de ellos.

Comieron todos a la misma hora. En esta ocasión se colocó de forma que le tenía enfrente. Sus miradas se encontraron varias veces. La sonrisa de ella, dentro de la conversación con su amiga, era a su vez una comunicación con él. Así lo quería! Así lo percibía él!

Le pilló dos veces, cuando la creía distraída, con la mirada en sus pechos... Supo que no había connotación sexual en ello. Sí una gran naturalidad ante su propia naturaleza. Y se sintió bien. Observó sus largas y finas manos mientras se llevaba la comida a la boca... Y sintió en su interior más profundo, ese que no compartía con nadie, que le gustaría sentirlas acariciando su cuerpo... Tampoco aquí había connotación alguna. Sí un algo que no supo definir...

Volvieron a coincidir más días en la misma playa. A veces tumbados en la arena, otras en el agua. Siempre comiendo en mesas separadas. Más allá de las miradas no crearon lazos de comunicación. ¡No verbales! Ella sabía que él leía su alma. Ella se dejaba leer... Desnudaba ésta como no lo había hecho nunca. Sentía que algo dulce y entrañable se gestaba en su interior a la par que su hija.

Alta y delgada, pelo negro y muy corto, le daban ese aire aniñado que sabía que la identificaba. Treinta y cinco años. Seis de casada. Quería a su marido. Se enamoró de él al paso del tiempo. Pero siempre supo que había parcelas de ella que no serían compartidas...

Si bien habían alquilado un ático en Santa Eulalia para pasar el verano, éste, ejecutivo de una empresa, se veía obligado a viajar a la península dos o tres días por semana. De ahí que comiese sola.

─¡Hola!, le dijo la dueña del restaurante. ¿Conoce usted a la joven embarazada que suele sentarse cerca de la cristalera? 
─¡Sí, contestó! 
─Ha reservado mesa para los dos. Y nos ha pedido que le comuniquemos que la espere, que tal vez hoy llegue algo más tarde.

Entrando por la puerta con sus pantalones cortos y estampados de flores y una de sus camiseta habituales, corta y desenfada, le sonreía ampliamente mientras movía en el aire una de sus manos... Acercándose a la mesa mientras él se levantaba a recibirla, se presentó:

─Hola, soy María... 
─Daniel..., hola, ¿cómo estás?
─¿Sorprendido?... ¡En absoluto!

Comieron sin dejar de hablar y sonreírse. El café lo tomaron a la sombra en la terraza. Una ligera brisa templaba el calor del día. Las horas pasaron sin tiempo. Se conocieron de toda la vida...

Ella le llevó hasta la ciudad en su coche. Las palabras quedaron en la playa. Un silencio sin serlo se adueño de sus diálogos. Algo que no quisieron definir surgía mientras el sol declinaba. Quedaron para la siguiente semana. Ella no estaría libre hasta entonces. Cuando el coche arrancó de nuevo se olvidaron de ellos mismos. La vida de cada uno seguía su curso natural.

En esta ocasión un blanco vestido ibicenco la cubría. La mesa había sido reservada de nuevo. Un suave beso en la mejilla de cada uno abrió el encuentro. La amplia y distendida conversación de mil temas aderezada con sus sonrisas, carcajadas en ocasiones, llamaba la atención de otros comensales. ¡Había tanto en aquella pareja! Sin duda que la curvatura de su cuerpo ayudaba a ello...

Posteriores encuentros los realizaron en otras playas y calas de la Pitiusa mayor. Siempre naturales. Risueños, cercanos. Siempre fieles a ese algo indefinible..., pero cuyos límites aceptaban. Siempre ellos. ¡Integridad!

Un día le dijo:

─Pienso que daré a luz en la isla. El médico me ha dicho que me vaya preparando, que podría adelantarse unos días... Casi me alegro por ello. Por ambas cosas. Porque nazca y porque lo haga aquí. Quisiera pedirte que estés presente en el parto... Sé que es posible. Me gustaría mucho... Y lo necesito, amigo mío. Amigo nuestro...
─¡Ten por seguro que allí estaré!

La comadrona, la enfermera, su marido, éste cogiéndola de la mano... Su cuerpo, desnudo y sudoroso, tendido sobre la cama, en espera... Una leve sonrisa iluminó su cara cuando sintió las manos de él cogerla la otra... Por unos minutos permanecieron así. En comunión. Solos los dos. De hecho se evadieron de la habitación hacia las playas que compartieron tanto... Metieron sus pies en el agua fresca y pasearon sobre la arena... Esperando.

De nuevo en la habitación, la sonrisa se hizo más amplia y su rostro reflejaba placidez cuando él acarició con su mano libre ambos pechos. Segundos después daba a luz. En ese instante él abandonó la habitación.

Se dirigió hacia donde él estaba, sonriéndolas mientras se levantaba de la silla... Dejando el cochecito de su hija a un lado, le abrazó fuertemente y por largo rato. Separando su cara de la suya y mirándole a los ojos, le besó leve y largamente en la boca... Notó el estremecimiento de éste y se fundió en el.

Bajando la capota y cogiendo a su hija en brazos, la puso en los suyos mientras le decía:

─Se llama Daniela. ¿A qué es guapa?

Puso en sus manos una pequeña caja de nácar que contenía una nota manuscrita. La pidió que no la abriese hasta que, al día siguiente, hubiesen abandonado la isla.



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“Aunque estemos separados
creceremos juntos.
Y nos volveremos a encontrar
cuando el rocío de un nuevo día
humedezca nuestras almas
y cuando volvamos
a tomar un nuevo cuerpo
para ser uno dentro del
Gran Círculo.”
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Esta cita corresponde al libro de Chao-Hsiu-Chen.
El Maestro.

domingo, 28 de junio de 2015

"...le concedes la misma importancia que un niño a su vejez."


Esta frase, del relato Los círculos del viento, de la autora canaria Carmen Marina Rodríguez Santana (Aldonza Laugh), ha traído a mi mente la no relevancia del tiempo.

¿Cuando fui consciente del tiempo?. He recordado dos momentos en mi vida. Tal vez tres.

El primero fue faltando poco para cumplir los 30 años. De pronto me vi con 30... que sumados a otros 30 daban 60. ¡Toda una vida!, pensé. ¡Y me quedaba casi todo por hacer!

Ignoro cómo son las crisis de los 40 o 50, pues no las viví, pero ésta me duró el tiempo de cumplirlos. A los pocos días de hacerlo, ese paréntesis de esos otros 30 años había desaparecido. Quedando todo un espacio libre de compromisos de tener que cumplir o no ¡todo lo que me quedaba por hacer!

El segundo “flash” lo tuve en el mismo escenario que el anterior. En la conversación con un grupo de amigos. Fui consciente por primera vez del paso del tiempo cuando estaba relatando algo que me había sucedido 25 años atrás, de cuando tenía 15.

Hoy tengo 66 y no es que le dé relevancia al tiempo, que no se la doy, es que este concepto ya no está en mi vida.

Si bien he de reconocer que es el paso del tiempo, y las enseñanzas de Sri Nisargatta Maharaj quienes me han llevado a este punto.

Usted no es ni el cuerpo ni la mente, ni los pensamientos ni los sentimientos, ni el tiempo ni el espacio. Nada que pueda señalar es usted”.

Usted es la Realidad Absoluta”.
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Saber que eres prisionero de tu mente, 
que vives en un mundo imaginario que tú mismo creas, 
es el principio de la sabiduría...". 
Sri Nisargadatta Maharaj.

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domingo, 21 de junio de 2015

La mirada de un niño...


Hoy puedo ver en la mirada de mi nieta Ziara, 4 años, la mía de un ayer que cada día se hace más hoy... Al desprenderse conceptos y valores que pertenecen al mundo de los “adultos”. Ese al que se dirige... ¿Se pierden estos con los años o se gana en sabiduría natural?. ¿Despierta uno a la realidad real?. La respuesta simple sería ambas cosas. Si bien es mucho más, pero para una mañana de domingo intrascendente puede valer.

En ese paréntesis que pueden representar esos 4/66 años, 10/60 o 20/50, se desarrolla lo que se conoce como, “la vida es así”. Una sucesión de hechos, vivencias y experiencias que suponen el currículum vítae de cualquiera de nosotros. El engranaje de lo que se conoce como sociedad, mundo civilizado, humanidad, progreso, etc. Y cuyas metas y valores son, se pretenden, inculcados a esos 4 años. Pero después, cuando sales al mundo, de la adolescencia, laboral, social, en casi todos sus aspectos, no preguntes por ellos porque casi nadie sabe donde están...

Estando frescos todavía en la mente y conciencia de los jóvenes, empiezan a marchitarse por falta de uso. Y la adquisición de los “auténticos”. Que les permitirán desarrollarse en el mundo “real” que, con la mejor de las disposiciones, les fueron ocultados.

¡Y quién esté libre... que tire la primera piedra!.

Lo señalado anteriormente no está en la categoría de lo negativo o determinado. ¡En absoluto!. Sería más bien al contrario. Llamar a las cosas por su nombre... Si no las nombras, ¿cómo las vas/van a reconocer?. El juego de, “¿qué hora es, manzanas traigo?”, aplicado a dar respuestas o lecciones a nuestros hijos que por que son pequeños “no las van a entender”, “ya les enseñará la vida”, etc., sólo perpetuaría la práctica del avestruz, que en lo que a enseñanza vital se refiere, ¡cum laude!.

Y para muestra, la educación sexual que recibiste, diste y, sino sabemos hacerlo mejor, darán!.

El problema final no es tanto lo que pretendemos enseñar, sino la ignorancia de lo que nosotros mismos debemos aprender... todavía!!.

miércoles, 17 de junio de 2015

La puerta...

Todos sabemos lo que es una puerta. Algo que se abre y cierra. Que permite el paso de un espacio a otro. Sin modificar, sustancialmente, a lo que pasa. Antes estaba aquí, ahora está allí!. Pero el objeto, la persona, el ser que lo habitaba, ¡sigue siendo!. Principalmente porque es el mismo que, tiempo antes, ya realizó el paso de allí a aquí!. Y por la misma puerta que hoy, tal vez, ha cerrado a sus espaldas.

Cuando la puerta se abre en un sentido, de llegada podríamos decir, todo son parabienes, felicidad, risas y proyectos de futuro... Cuando, una vez finalizados los proyectos reales de quien así los escogió en el otro lado, el ser, la persona real, abre la puerta en el otro sentido, el de partida, la pena, la tristeza y el llanto, se apoderan de quienes todavía se quedan aquí.

Bastaría un sencillo saber para que ese momento, tan natural y simple como lo fue el nacer, supusiese, no digo ya alegría, que también si realmente comprendiésemos el proceso, tranquilidad, sosiego, serenidad... cogimiento de las manos, palabras sencillas y dulces. Acompañamiento responsable. Teniendo en cuenta las necesidades reales de la persona que decidió partir ya!.

San Agustín señalaba que "no es la muerte la que crea temor sino la pompa que la acompaña". Y por pompa hay que entender todo ese ceremonial de silencio, oscuridad, llantos y tristezas. ¡Tragedia!. Que acompañan a quien, en su fuero interno, aunque parezca que ya no está, simplemente parte.

¿Dónde están las necesidades básicas de quien realmente es sujeto del momento más fundamental de su vida?. ¿Dónde?. Que nadie parece tener en cuenta!.

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Cuando mi amigo Antonio me comentó que al día siguiente, domingo, iba a ir al cementerio a llevar flores a su madre,
le respondí: no sabía que hubiese muerto...

Bueno, hace ya ocho años..., pero voy todos los domingos, me respondió.

Antonio..., ¡ahí no hay nada!.

El lunes, estrechándome la mano, me daba las gracias. ¡No volvió nunca más!
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jueves, 11 de junio de 2015

Aquel ayer del 52...


La tarde, gris y lluviosa, lo mantenía tras los cristales mirando el vuelo de las golondrinas que anidaban bajo el alero. Los interminables van y vienen, las rápidas piruetas que ejecutaban volando unas tras otras, llevaron su mente a otras épocas. De cuando era niño. Y su madre estaba en su vida...

Hoy recuerda la primera noche que durmieron todos en Santa Marta del Tormes. Sus padres, su hermana pequeña y él, todos en el colchón que se habilitó en el suelo pues no hubo tiempo de montar las camas. La casa tenía un largo y curvado pasillo que desembocaba en la habitación grande.

Por ese pasillo corrió esa misma noche hacia ellos un toro bravo en el sueño que hoy vislumbra con la misma nitidez que aquel día. Otro sueño de aquella época, que quedó arraigado entre los pliegues de la memoria, es en el que le perseguían unas brujas por la era de la trilla y se dejó deslizar por el pequeño terraplén en el que solía jugar. No tiene constancia hoy de haber sentido miedo en ambas situaciones. Quiere más bien recordar que las vivió tal cual!.

Miedo sí paso otro día, que también está ahí pero que no suele aflorar... en el que la vida se descubrió a sí misma mostrándole, como a Jesús en el huerto de los olivos, cual sería su devenir...

Hoy todo está perdonado, y olvidado. Hay incluso un respeto y un cariño que, incomprensiblemente, surgió, ya en el clarear de sus sienes, de alguna parte profunda de su corazón. Y como el río de la vida que hoy baña sus pies en el valle, dejó fluir en armonía.


Las golondrinas de aquel ayer, tras reunirse posadas sobre unos cables en un frío día de invierno, todas juntas emprendían el vuelo a tierras más cálidas. En casa, el brasero que su madre siempre preparaba, acogía con calor a quienes se sentaban alrededor de la mesa camilla

sábado, 30 de mayo de 2015

La tarde...


La tarde declina...

El silencio se hace presente en el valle...

Los últimos y dorados rayos de sol enciende de rojo las cumbres de Anboto y Udalaitz...

El río de la vida fluye sereno. Los petirrojos en la umbría del bosque y el mirlo desde lo alto de la iglesia despiden el día. Venus marca la incipiente noche que nos acompaña. El cuarto creciente de la luna guía a la pareja que, cogidos de la mano, se adentra en el valle por el camino verde...


“Hoy he vuelto a pasar... por aquel camino verde... que en el valle se pierde... y es mi dulce soledad... Hoy he vuelto a pasar por la puerta de la ermita... he subido a la colina y allí me he puesto a cantar...”.

(Canción enseñada por mi abuelo en Noia en 1956)

miércoles, 20 de mayo de 2015

Sólo por hoy vuelves a la vida...


...en el recuerdo que me permito de ti.

En el devenir de nuestras vidas, de una de ellas, coincidimos en la antiquísima villa de Noia, bañada por la ría del mismo nombre. Compartimos casa, mesa y alcoba. Fue una estancia feliz para ambos.

Te recuerdo. Te veo hoy como si te tuviese delante. Joven, ¿33 años?, muy posiblemente. Guapa, muy guapa. Ese pelo negro y ondulado que te caía sobre los hombros. El óvalo de tu cara. La sonrisa a flor de piel. Tus dientes blancos y bien cuidados (come una manzana al día y tendrás los dientes limpios, solías decirme). Esa figura menuda, no eras muy alta, pero sí bien formada. Recuerdo ese dato de cuando te vestías de tiros largos, la mayor parte de los días, y salías de paseo por la alameda. O las entrañables calles viejas llenas de comercios, gentes, colorido y alegría. Así quedaste grabada en mí para siempre...

Vivencias mil... Nuestra estancia ocasional en la otra casa. Propiedad vuestra, tuya y de tu marido. Que no compartíais por haber ido, él, a hacer fortuna al otro lado del Atlántico.

Lolitiña, te llamaba en sus cartas de amor que nunca me dejaste leer... Si bien más de una vez, riendo ambos, corriste detrás de mí al haber conseguido cogerte una... Queridísima Lolitiña... Y otros términos parecidos que dibujaban esa media sonrisa en tu cara mientras las leías en la alcoba... de ambos.

Recuerdo tus manos siempre... Nadie ha vuelto a acariciarme como lo hiciste tú. ¡Nadie!. Tumbado en la cama pasabas tus manos por mi espalda una y otra vez. Interminable sesión de cariño y entrega.

¡Así te recuerdo hoy. Así eras ayer!

Tus padres en la alcoba de al lado. Apenas una sencilla puerta acristalada nos separaba de ellos. Cómplices silenciosos. Nunca se opusieron a nada. De hecho fueron sus manos de carpintero quienes construyeron la cama.

Finalizado el encuentro de nuestros cuerpos te girabas, y en un natural gesto empezabas a desvestirte... una, dos, tres prendas. Hasta quedar desnuda a excepción de tu braga blanca. Nunca vi más allá de tu espalda... Y eso que la curiosidad de mis ocho años no te quitaba ojo.

Sólo por hoy, mi querida tía Lolita, vuelves a compartir conmigo momentos de un ayer querido.

viernes, 15 de mayo de 2015

Días "desapacibles"...


Me encantan estos días en los que el clima da un giro de 180º. De tener un sol brillante y días de playa, a pasar a mañanas como la de hoy. En que el gris, el xirimiri (fina e imperceptible lluvia que acaba calándote), el fuerte viento y el frío de nuevo convierte a éstas en “desapacibles”.

Los tréboles rojos de la terraza no han desplegado sus hojas todavía, y las múltiples florecillas lilas que los coronan permanecen cerradas y cabizbajas ¿“Tristes”?... ¡En absoluto!. No hay tristeza en la naturaleza. No hay tristeza en lo natural.

El suceder natural de la vida... sucede.

Cierto que observo todo esto tras los cristales de la ventana. No en la parada del autobús bajo un paraguas. Pero es que éste es el momento en el que me encuentro. ¡Aquí y ahora!. No cabría, pues, añorar días que no están o momentos que no son.

Los nogales, hoy, mecen sus ramas al son del ulular del viento. Los castaños, las magnolias, la palmera, todo hoy danza en compañía de las múltiples gotas de agua que riegan la tierra.

Y el día es perfecto.

sábado, 9 de mayo de 2015

¿Qué “yo”, qué ego, qué personalidad?...

Llevaba unos días enfrentado con la impronta de ella... Algo había sucedido que les mantenía enrocados en la fortaleza de cada uno. No era la primera vez. Se diría que la frecuencia iba en aumento según pasaban los años.

De los abrazos, los besos y los te quiero de un ayer no tan lejano, se había pasado a una relación normal... En la que si bien seguía vigente el cariño de padre e hija, éste se veía velado por la impronta... de ambos.

(Impronta personal: característica personal que se refleja en acciones, obras, trabajos, o en otras personas)

No se sentían cómodos en esa situación pero, la situación continuaba. Una palabra, un gesto, una expectativa de uno hacia el otro, no cubierta, bastaba para desencadenar un nuevo periodo de alejamiento, silencio, sequedad y aparente indiferencia... Un pequeño infierno. En el que el entorno familiar se veía involucrado.

Ayer, de camino a su trabajo, le vino un pensamiento. Que tomó, no sólo con interés sino con gran determinación... ¿Cuál es, realmente, la razón de todo esto?

¡Concluyó al instante que todo se debía a él mismo!. ¡Su personalidad, su “yo”, su ego, se sentía amenazado!

Y comprendió de inmediato que todos los desencuentros, enfados, enfrentamientos, sean de la índole que sean, proceden únicamente de este aspecto. ¡El miedo al otro!

Miedo... al otro.

Y algo empezó a clarificarse en él. Algo que ya sabía, sí, pero que nunca vio con tanta nitidez.

¿“Yo”, ego, personalidad?. ¿Qué “yo”, qué ego, qué personalidad?... Y notó como esa carga emocional que sustentaba se diluía. Notó como la “importancia” del problema desaparecía. Y constató que ello era debido a la desaparición de su propio “yo”, ego, personalidad.

Al diluirse la ola que creía ser en el Océano inmutable, ¡que supo que era!, vio desaparecer también todas las demás olas. Empezando por la que representaba a su propia hija. Y el mar embravecido de los sentimientos enfrentados, deseados unos, rechazados otros, el caldo de cultivo de lo que se conoce por “la vida es así”, amainó.

Y la calma se instaló en su corazón.

domingo, 26 de abril de 2015

Boomerang.


El boomerang es esa pieza (arma) que lanzada de una manera determinada, si no impacta en el objetivo, regresa a su punto de origen debido a su perfil y forma de lanzamiento especiales.

Si sintetizásemos el comentario podría quedarnos algo así: “lo que lanzas se te devuelve”, “lo que emites viene de vuelta.”. “Lo que piensas construye en la misma cualidad.”. “Lo que siembras recoges.”.

Lo que recoges, hoy, es lo sembrado ayer... Aunque no seas consciente de haberlo hecho.

Esto es conocido como la ley de causa y efecto. Toda causa produce un efecto. Todo efecto proviene de una causa, previa.

Y así se va formando esa cadena de causas, previas, lo que produce los consiguientes efectos, que se convierten a su vez en causas de otros efectos... Y así hasta el infinito...

A diferencia del boomerang, que es necesario que no toque el objetivo para que vuelva, el pensamiento y el sentimiento emitidos, buenos o inadecuados, si tocan el objetivo, al otro, la cosa, es cuando vienen de vuelta. Y generalmente multiplicado su efecto. Si era bueno, bueno, si no, de la misma cualidad. Esto no es conocido, y menos aceptado, por la mayoría de la gente. Se ignora. Pero la ignorancia de algo no libra de los efectos producidos... ¡Y así va el mundo!

¿Está la humanidad condenada a sufrir la interminable sucesión de causas, inadecuadas, y los consiguientes, y perniciosos, efectos?

¡No como tal humanidad!. ¡No hay tal humanidad!. De la misma manera que una multitud de granos de arroz es la suma de cada uno de ellos, así mismo la llamada humanidad es la suma de cada uno de los individuos que la componen. Y son estos, individualmente, y no en conjunto, los que tienen que cambiar. ¿El mundo?. ¡No, desde luego. Ello es imposible!

Lo que sí tiene que hacerse, lo que está al alcance de cada uno, lo único que puede hacerse realmente, es cambiar uno. Dejar de emitir, uno mismo, pensamientos inadecuados, malsanos, negativos, e inútiles. Sustituir los sentimientos que se generan en su corazón, en muchas ocasiones por cosas nimias, por sentimientos de comprensión, aceptación, armonía, paz o amor. ¡Perdón!

La comprensión, la paz o el amor, no son esas palabras bonitas y algo tontas con las que la mayoría estará de acuerdo al leerlas, para acabar no haciendo nada con ellas. Cuando son éstas y no las grandilocuencias creadas, de toda índole, las que pueden cambiar sus propias vidas.

¡Propias vidas! Lo que está en tu entorno más inmediato, Tú.

Cuando te observes motivado, implicado, en causas humanitarias, próximas o lejanas, ello no importa, como tampoco importa si es de hecho o sólo de intención, presta atención. Verás cómo realmente no estás haciendo nada con lo único que puede cambiar tu vida. ¡Tú! Y cambiando tú cambiarás el mundo.

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Si cambias tú, cambia todo el contexto que te rodea. 
Sea éste de la naturaleza que sea.
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Por otro lado las palabras de Jesús a sus discípulos,
personas corrientes como tú y yo,
encierran una enseñanza más profunda que la señalada hasta ahora.


Estáis en el mundo pero no sois del mundo”.
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