lunes, 30 de enero de 2017

...y no deberíais dejar pasar el tiempo!


Los ladridos de los perros le sacaron de la ensoñación en que el sol de media tarde lo había sumido. Retirando la manta que le cubría se levantó del sofá acercándose al ventanal. Una silueta vestida de azul y negro y con un gorro blanco coronado por un pon-pon rojo subía lentamente por el camino nevado hacia la casa. No distinguía quien pudiera ser… Salió afuera y mandando callar a los perros se dirigió hacía la verja que rodeaba la casa. Abrió la puerta y esperó que se aproximase…

Levantando la vista del suelo, quien se acercaba le saludó con la mano… 

─¡Hola Juan!…
Hola María… ¿Qué haces por estos caminos de Dios con la que ha caído esta noche? ¡Ven, vamos adentro!…
Dejando en el hall las prendas de abrigo, una mochila de cintura y las botas mojadas, pasaron al salón. Los gruesos troncos que ardían en la chimenea daban a la estancia esa sensación de hogar acogedor. Juan la invitó a sentarse junto al fuego.
¿Tomaremos café?, ─preguntó Juan─.
¿Podría ser un chocolate?, ─dijo María riendo─. No es que esté de antojo pero…, he traído unos picatostes que yo misma hice esta mañana y me gustaría que los tomásemos con chocolate. ─Estas palabras, inocentes donde las haya, trajeron «cola» y risas más tarde─.
Claro María, además me sale muy bueno…
Sentados a la mesa, y ya con colores en las mejillas María por el esfuerzo de la caminata y el calor, dieron buena cuenta de la merienda. Algo se tejía en el ambiente. Ambos eran conscientes… Algunas miradas fueron desviadas… Principalmente María.
Y qué haces tú por aquí, y a estas horas… No tardará en anochecer…, ─preguntó Juan─.
Bueno…, contestó María ruborizándose más si cabe sobre el color de sus mejillas. Como tú bien dices, así te he oído muchas veces, el tiempo no sólo es irrelevante sino que ni tan siquiera es «real»… Así que qué importancia tiene si anochece o no… jajjajajaajjajaja… ─no pudo evitar la carcajada incitándole a Juan a lo mismo─.
...Había pensado que no te importaría, si se hacía tarde, que pasase aquí la noche…
Claro María…, estás en tu casa. Y yo encantado.

Acompañados por los perros dieron un largo paseo por los alrededores dejando grano y pan rayado en ciertos lugares que Juan tenía preparados para las aves pequeñas. Anochecido ya, pues se entretuvieron en localizar a una familia de autillos que vivían cerca de la casa, entraban de nuevo en ésta. Entre los dos prepararon la cena… Una botella de champán fue descorchada.

Sentados uno en un butacón de cuero viejo y la otra en el sofá guardaron silencio mientras la música llenaba la estancia…

Bueno, ─dijo María sonriendo─, ha llegado la hora de las confesiones… ¿Sabes por qué estoy aquí?...
No voy a negar, María, que me hago una idea...
¿Me vas a hacer hablar a mí primero? ─dijo ésta sonriendo─.
¡Pues va a ser que sí!… jajajajajjajaja…

Avatares de la vida los habían situado en cierta soledad al paso de los años. Contaban ambos alrededor de los sesenta. Se conocían desde siempre… Ella, regentaba la herboristería en Pola de Laviana. Él, habiendo trabajado en algunas empresas de los alrededores, se había jubilado hacía algo más de un año. Juan tenía dos hijos que no vivían en la zona.

Sé que nos hemos mirado desde hace tiempo con cierto lenguaje, Juan… Lo sé y lo sabes… Y sabes que lo sé. Te he visto sonreír volviendo la cara cuando te he pillado. Y lo mismo tú, haciéndome sonrojar a estas alturas de nuestras vidas… Creo, sé, que no somos indiferentes uno para el otro… Y me consta que en más de una ocasión te has planteado el futuro… Yo no lo niego! Me resultas atractivo y muy cercano… Y no voy a negar que me he sentido halagada muchas veces cuando te he visto mirarme.
¿Me estás pidiendo noviazgo?, ─dijo Juan riendo haciendo que ella estallase en carcajadas─.
¡No seas tonto…, ya sabes de qué hablo.

A la mañana siguiente y tras el desayuno volvieron a salir con los perros, esta vez en dirección al pueblo. Habían decidido que como cada sábado quedaban al mediodía con los amigos, sería una bonita oportunidad para dar a conocer su situación.

La comida, a la que fueron invitados por todo el grupo, selló un momento fundamental en sus vidas. Felicitaciones y «así se hace» fueron una constante aquel día. Al día siguiente el evento fue comentado en la misa del domingo por su amigo el párroco del pueblo. Y añadió… 

─Me consta que hay más personas en situación semejante… y no deberíais dejar pasar el tiempo!

jueves, 26 de enero de 2017

...se fue a la guerra!


La canción de Mambrú la oía de niño a la edad de 4 años… Han pasado 64 y, más allá del invento del móvil, las amburguesas, los reality shows, el viaje a la luna, el calentamiento global y alguna cosa más, no creo que hayamos cambiado mucho los humanos…

¡Hombre!, tanto como eso… El mundo de hoy se parece muy poco al de entonces.
Bueno, no crea… Si exceptuamos que entonces los hombres llevaban boina, luego pusieron de moda el sombrero y hoy van “pelados” al cero…, no crea que haya habido tantos cambios. Por fuera sí, han imperado las modas, pero por dentro, en lo sustancial, creo que siguen siendo lo mismo. Si acaso se ha perdido espontaneidad. Antes, y más para los que vivimos ese antes, las cosas de la vida llevaban otro ritmo, más natural, más pausado, más seguro… Muchas cosas parecían estar determinadas: estudios, trabajo, «la mili», el novio, nos casamos, los hijos, la partida de mus, o en el caso de mi abuela en las soleadas callejuelas de una Noia que ya no es, el encaje de bolillos.

Recuerdo el estribillo de la canción, siempre pensé que había un trasfondo en ella…, algo misterioso que los adultos, que eran quienes la cantaban, sabían. Hoy al escucharla de nuevo descubro que no era más que una canción infantil.

Curioso esto de los recuerdos, que por una u otra causa se quedaron grabados ahí, y las interpretaciones infantiles de entonces. De cuando éramos niños. De cuando percibíamos las cosas con mayor claridad.

domingo, 22 de enero de 2017

¡Caín!

¿Dónde está tu hermano?

No cabría negar que evolucionar evolucionar evolucionamos. Como dice mi amiga Yayone: “Lo bueno es qué, se evoluciona y se va creciendo como individuo, (algun@s).” Y por otro lado si nos paramos a recordar aquellos cuentos que de niños nos contaban, Caperucita Roja, Blancanieves, La Cenicienta, Los cinco cabritillos, El pastor y el lobo, etc., etc., descubriremos que evolucionar puede, pero que seguimos escuchando, y creyéndonos, los mismos o similares cuentos.

No voy a delimitar a qué cuento de antaño corresponde el actual, el que nos cuentan día sí y otro también. 

¡¡Allá cuidaos cada quién con su debe y haber!!

¿Debe y haber? ¿A qué se refiere con ello, estamos en clase de contabilidad?
¡Deberíamos!… Deberíamos contabilizar el haber del que disponemos tras escuchar, y cargar, con los sempiternos cuentos que, como decía un amigo mío andaluz entre carcajadas: “debe haber pero no hay”. Y constatar como se adelgaza ese debe y engorda el haber.

No hace falta ser muy evolucionado para comprobar que los que “evolucionan” realmente, por lo menos en valores de mercado, son, sino los mismos, muy parecidos a los que ya “evolucionaban” en aquellos años antiguos de los cuentos aquellos.

Habla Pedro Ojeda del poema de Antonio Machado, “Por tierras de España”, en el que éste construye con solidez una idea que le acompañará durante mucho tiempo: el cainismo español, la visión de la historia de España como un conflicto permanente. Primero, con el paisaje -contra el paisaje- puesto que el habitante de estas tierras ha roto definitivamente con él y lo destruye.

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Segundo el currículum…

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Y tercero, con su vecino, con su igual: la historia de España como guerra civil permanente para la que trae a su poesía el pasaje bíblico entre Caín y Abel. Machado supo hallar la imagen para una certeza.
:
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—:
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.”

sábado, 21 de enero de 2017

...los barrotes los ponemos nosotros!

Mentales, emocionales y hasta físicos.
Acabo de suprimir un escrito borrador de queja/llamada de atención realizado por mí a una empresa de telefonía por el servicio recibido. No enviada hasta comprobar que ciertos aspectos del servicio inadecuado fueron resueltos satisfactoriamente por otra empresa del mismo producto radicada en mi zona. Es decir, la persona primera que me atendió, y me tuvo varios días incomunicado vía móvil/nuevo/no funciona, ha sido presa de mis “críticas mentales y emocionales” durante este tiempo.

¿Presa?… ¡Yo he sido el preso!

Y si bien lo sabía, no dejaba de darle vueltas al asunto… Y si ya había rebajado el enfado/crítica a niveles de simple llamada de atención a la persona vía carta personal, descartada su empresa y hasta los servicios de Consumo, no quería/podía dejar pasar el asunto. Sabiendo, como digo, de la insustancialidad del tema cuando resulta que el nuevo móvil funciona perfectamente, me gusta más que el anterior (que dejó de funcionar allí pero ha vuelto a funcionar aquí) y todo ha vuelto a ese cauce natural al que vuelve casi todo cuando permitimos que el suceder natural de las cosas y la vida ¡suceda!

Por cierto, ¡suceder! al que ya no tienes nada que pedir-le y menos agradecer-le.

...ya no tienes nada que pedir-le y menos agradecer-le.” A esto me refería en mi comentario en tu blog, y no a nada que tenga que ver con soberbia.

La dejación de esa actitud mía a cesado de inmediato al ser testigo, esta mañana al despertar, de como «mi» mente, mía, pero que no «soy yo», mi ego, actuaba en defensa/contra de otro ego. ¡Inexistentes ambos… pero capaces de desatar una guerra nuclear!

Este suceder, o la ¡esencia única que todo es!, no siempre lo he re-conocido. O si intuido, no llegué a aceptarlo. Ni tan siquiera en los mejores años de espiritualidad practicada… (búsqueda, por necesidad, aprendizaje, Metafísica, Dios, Jesús, etc.). Pero que una vez hecho realidad ya no hay vuelta atrás. Y muchas de las cosas trascendentes que sirvieron para llegar a este punto, cualquiera que éste sea, o percibas, dejan de tener sentido. ¡Y no practicas más!
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Conoced la verdad y ella os hará libres.
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miércoles, 18 de enero de 2017

Tras la tormenta...

La Vall d’Áger (Lleida)

Tras la tormenta vuelve la calma.

Juego de palabras que, en meteorología, viene a significar lo que está sucediendo hoy. Han cesado las fuertes lluvias y el viento. Si bien el frío se hace más intenso.

En otros aspectos de la vida también tienen su razón de ser. ¿Quién no ha vivido tormentosos momentos, situaciones, diálogos, incomprensiones que, más tarde o más temprano, han dado paso a esa calma natural?

En la amplia casa construida años ha por el abuelo de su esposa, Pedro, y frente a los gruesos troncos crepitantes de la chimenea le vino este pensamiento al hilo de las desavenencias surgidas en el seno familiar de la misma. Una antigua herencia sin dilucidar había encrespado los ánimos de algunos miembros mes y medio atrás. Y era precisamente esta casa de piedras viejas, entre otros bienes, la que estaba en juego. La casona había quedado como herencia directa y al margen del reparto general para la hija de Pedro, Pilar. Persona con la convivió junto a su familia los últimos quince años de su vida.

Observando distraídamente las volutas que surgían de la taza de café dejó vagar su mente sobre la condición humana. Y recordó el viejo dicho que señala que: “dale cuerda a un becerro (o a un tonto) y acabará ahorcándose con ella”.

Las herencias. Eso que a priori supone un beneficio, un regalo, una bendición, suelen desembocar muchas veces, demasiadas, en regalos envenenados. Familiares que mantienen cordiales relaciones entre sí se ven envueltos, herencias de por medio, en dimes y diretes que, cuando menos, les hacen perder la calma. Cuando no desconfianzas, querellas, rupturas impensables…

Unos pasos en la escalera de madera le hizo volver la cabeza. Mila, su esposa, bajaba los peldaños anudándose la bata y sonriéndole. Levantándose se dirigió hacia ella y abrazándola por la cintura se perdieron tras la puerta de la cocina. Poco después un apetecible olor a tostadas se extendió por la estancia.

Cubiertos con anoraks, pantalones para la nieve, botas y sendos gorros de lana amarillos, salieron de casa con la intención de dar una vuelta por los alrededores d’Áger (se pronuncia d'Áller). Les encanta el sosiego que se vive en La Vall d’Áger, tierras en las que la genealogía de su familia se pierde tiempo atrás.

Hora y media después y tras comentar brevemente lo que estaba sucediendo en el seno familiar, y decidir que esas serían sus últimas palabras al respecto, no habían ido allí a enfangarse en historias ajenas, regresaban a la plaza del pueblo donde habían quedado a comer con varios amigos.

Sabían que la vida no son los acontecimientos que otros crean, viven, ríen o sufren, sino la determinación de lo que cada uno es capaz de hacer surgir de sí mismo.

lunes, 16 de enero de 2017


TIMO TIMO.

Así figuran en mis “Contactos” de móvil los siguientes teléfonos:

668 649 062 / 668 649 063 / 668 649 005 / 807 426 907.

A su vez los he bloqueado/anulado en el móvil. Si llaman no me entero. Y parece que ellos saben esto y dejan de llamar.

Corresponden a llamadas que se reciben en el móvil advirtiendo que te van a cargar en tu cuenta de banco 213€, u otras cantidades similares, y ello de acuerdo con el pedido que usted ha realizado… Y le añaden que para anular el cargo o cualquier otra incidencia llame al: 807 426 907 (es de tarifación especial y te puede costar 1.500€)

Hoy la TV lo ha anunciado en las noticias del mediodía.


Otro TIMO TIMO.

Te llaman al fijo/móvil y te dicen que son del Servicio Técnico de Telecom o Telefónica.
Preguntan si dispones de marcación de tonos.
Te piden que marques el 9 y el 0 seguido de #. (nueve-cero-almohadilla). 9. 0. #.
Te dicen que todo está bien. Te dan las gracias…
Pero tu línea se ha convertido en receptora de llamadas de teléfono desde el cual te han llamado. Con lo cual todas las llamadas que hagan ellos te las cobrarán a ti.

Las compañías de telefonía reconocen que esto es cierto. Que no saben como detener esta trampa y como detener este fraude (ellos siempre cobran).

Ambos TIMOS están comprobados y reconocidos.

¿Qué hice yo con el primero? ¡Sencillo!

Llamé al banco por si había algo. Advertí de esta llamada. Que era un timo. Llamé a la Ertzantza (policía vasca). En otros casos llamad o denunciar en comisarías de Policía Nacional o aquí: fraudeinternet@policia.es o Policía Municipal.

Es importante que dada la magnitud de ambos casos tomen nota de la avalancha de denuncias y actúen.

No soy de andar dando información sobre cosas parecidas que puede que “vuelen” por la red. Tampoco las recibo. Ni quiero. Gracias.

sábado, 14 de enero de 2017

tac tac tac tac...


Templos.
tac tac tac tac... Así suenan las teclas del ordenador esta noche. Así me distraigo. Así transcurre la vida en estos momentos. ¡Simple!

Dos de la madrugada. Me acosté temprano y me he levantado a comer algo de fruta. He estado leyendo algunas páginas del libro “Quién puede hacer que amanezca”, de Anthony de Mello, S. J., y, una vez más, compruebo que es tan obvia la realidad que señalan que me asombro de que hasta yo mismo me distraigo escribiendo sobre ello…

Compartir podría llamarse, pero os aseguro que intención intención no tengo ninguna de compartir nada. De la misma manera que tampoco vosotros necesitáis que nadie comparta nada. Y soy consciente de que estar haciéndolo lo que se consigue es dispersarse uno mismo en vez de centrarse en lo real. Práctica habitual de muchos, e aquí la prueba, de que nos gusta más hablar de cualquier cosa que interiorizarla en el silencio de uno mismo.

Sensibilidad:
«¿Cómo puedo yo experimentar mi unidad con la creación?»
«Escuchando», respondió el Maestro.
«¿Y cómo he de escuchar?»
«Siendo un oído que presta atención a las más mínimas cosas que el universo no deja nunca de decir. En el momento en que oigas algo que tú mismo estás diciendo, detente».

Creación:
«Siéntate tranquilamente
y no hagas nada.
La primavera llega
Y la hierba crece.

Idolatría:
El maestro no se cansaba jamás de prevenir a sus discípulos contra los peligros de la religión, y le gustaba contar la historia del aquel profeta que iba por las calles, con una antorcha encendida en la mano, diciendo que iba a prender fuego al templo para que la gente se ocupara más del Señor que del propio templo.
Y luego añadiría el Maestro: «Algún día, yo mismo habré de portar una antorcha para prender fuego tanto al templo como al Señor».


Este último es uno de los textos que en un principio no entendía. Años leyéndolo sabiendo que algo encerraba pero incapaz de dar con ello. Hoy esta claro al haber desaparecido tanto el templo como el Señor.

viernes, 6 de enero de 2017

...con su sombrero vuelto.

Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara. 

Desde la ventana de la cafetería en la que había quedado con sus amigas les vio pasar… Andaban con precaución para no resbalar sobre el piso nevado. Sus mochilas a la espalda y algunas bolsas en la mano les identificaban como vagabundos. Viejas pellizas raídas les cubrían y sendos sombreros evitaban que la nieve que caía copiosa blanqueara sus cabezas. Se dirigieron hacia los soportales de la plaza y les perdió de vista.

Hora y media después y tras recogerla su marido eran ellos quienes, al amparo de los soportales, se dirigían a su casa. Y volvió a verles. Esta vez con las mochilas en el suelo, él sentado en uno de los bancos de madera mientras ella, con su sombrero vuelto, lo extendía a las pocas personas que a esa hora transitaban por allí. Le comentó algo a su marido y ambos cruzaron la plaza en su dirección. Según se acercaban pudieron comprobar que ella parecía algo mayor que él. Dos billetes de 50€ fueron depositados en el sombreo. Mientras el marido dirigiéndose al hombre que se había levantado le dijo.

Aquí detrás, dos calles más abajo, encontraréis el Montañés, restaurante, dirigiros a él y cenad lo que queráis. Ahora mismo les aviso que vais. Y en frente, en el hostal del mismo nombre, tendréis reservada habitación. Está todo pagado. No tenéis de qué preocuparos.

Al día siguiente y mientras desayunaban, la pareja fue advertida de que el matrimonio que les había ayudado les invitaban a comer. Una sencilla sala adornada con motivos navideños y una chimenea encendida con gruesos leños de encina roja les acogía en el convento de Santa Clara. Unas 40 personas, entre sentadas y en corrillos charlando, conformaban ese grupo en el que tantos quisiésemos estar en muchos momentos de nuestras vidas. Momentos de soledad, aparente desamparo, silencios, impuestos a nuestro pesar, desencuentros familiares… Hasta con uno mismo en ocasiones. Y sin embargo es la vida!

Al entrar fueron recibidos en primer lugar por algunas monjas que, sonriéndoles y con los brazos abiertos, se dirigieron a ellos abrazándoles cálidamente… Lo que provocó que la pareja estallase en sollozos… Motivando que otras personas se sumasen a la bienvenida estrechándoles en abrazos o tendiendo sus manos. Poco después y sentados con el matrimonio que les había acogido relataban brevemente su historia.

Ella, circunstancias de la vida, !impensables!, hasta que se hicieron presentes…, llevaba unos meses viviendo en la calle. Él, algún tiempo más. Un fuerte desencuentro familiar la había, o se había ella misma, arrojado a la calle. Él, inmerso también en alejamientos familiares, orgullos, incomprensión, intolerancias mutuas, sumado a la pérdida de su empleo, ocasionó el desarraigo actual. Ella, 62 años, viuda desde hacía tiempo, sola, empezaba a acusar cierta pérdida de memoria. Y esto era lo que le había motivado a él a acompañarla en el viaje emprendido hacía el norte… Donde esperaba encontrar sus raíces, su hogar de infancia, sus gentes, en la aldea que la vio nacer.

Dos días más tarde emprendían viaje junto al matrimonio en dirección a ese hipotético lugar de su memoria…, que ya se percibía que podría no estar más que en sus recuerdos. Una conversación del matrimonio con la superiora había acordado que si nada había en las tierras celtas que la retuviese quedaría acogida en el convento. 

Él, trabajando ya en el pueblo que les recibió, la visitaba casi todos los días…

Una historia real de tiempo atrás...
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Si es que el tiempo tuviese principio y final…
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sábado, 31 de diciembre de 2016

Nathan Brutsky.

Ellas...
...dos más.
Ellos...
Conjunción.
Sobremesa...
Domingo por la tarde...

Artista israelí que reside en Tel-Aviv.



Que viváis una bonita noche y se cumplan todos vuestros deseos. Aunque no sea sino por esta sola noche...

Un fuerte abrazo.

Santa inocencia!

En un punto infinitesimal de esta galaxia se encuentra la Tierra.
Respecto al "arte" de vivir, aprendiendo/viviendo, lo has descrito muy bien, Gloria, con palabras naturales. Vivir, amar, envejecer... Tal cual el maestro del prado. Así es la vida realmente. Lo demás..., cada quien su historia, cada quien su mundo.

Se cree que no hay más que uno... ¡Santa inocencia!”

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martes, 27 de diciembre de 2016

¡Maestro!


Navidad Navidad dulce Navidad…

Así dice la canción de los hombres, así cantan a coro la mayoría, así se construye la burbuja, individual y colectiva, de realidad. De ayer, hoy y mañana. Del primero, los recuerdos, de lo que fue o fueron, ellos, pero que ya no son. Del tercero, anhelos… De algo que no es y cabe que nunca sea… Pero ahí están, marcando nuestras vidas el pasado y el futuro. Cuando la realidad es que el ayer fue “hoy” y el mañana, cuando se viva, cuando llegue, será también “hoy”.

Pero del único “hoy” que hay, que vivimos, nada más es real, pocos quieren/queremos saber

Cuando soy consciente, y capaz, de hacerme a un lado y permitir que la vida fluya a su ritmo me sorprendo al comprobar cómo encajan la mayor parte de la cosas, pequeñas o grandes, relevantes o no, propias y de terceros... Y las que no, que no dejarán de ser apreciaciones y deseos personales míos, acaban marcando con el tiempo su razón de no ser.
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Camino de la ciudad y al pasar por un prado de fina hierba punteada por miles de gotas de rocío he visto a un “maestro” que, junto a un rebaño de ovejas, una bandada de cuervos que con su peculiar bamboleo al andar buscaban su alimento, dos urracas al borde de la valla, una sobre el alambre de espino y la otra en el suelo, tres mirlos repartidos entre los árboles sin hojas que bordeaban ésta, y todo ello envuelto en el murmullo del río que baja crecido por las últimas lluvias y el sol de la mañana, me he detenido a preguntarle.

Maestro ¿qué es la vida?

Mirándome a los ojos con aparente indiferencia pero muy consciente de la realidad que vivía, del "hoy", del instante, que él es, que todo es, volvió a bajar su cabeza y siguió mordisqueando la hierba.

Y comprendí que todo es “ahora”. Y que fuera de este instante no hay nada. Y que el sonido de zambombas y panderetas unido al de los villancicos que se oía a lo lejos no es más que el ruido que producimos con tal de no encontrarnos a nosotros mismos…

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La figura del asno como "maestro" no es peyorativa. 
Quiere señalar lo natural de la vida a través del comportamiento natural.
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jueves, 15 de diciembre de 2016

Días de fiesta.




Os los deseo en paz y armonía junto a vuestros familiares y amigos.

Un gran abrazo a todos.

viernes, 9 de diciembre de 2016

El viento roló hacia el norte...


... he hizo retroceder el tiempo.

El fuerte viento que le acompañaba aquella fría tarde en su viaje de vuelta a casa le hacía agradecer lo acogedor del interior de su coche. Eran las siete y media y se había propuesto no parar hasta Madrid. De pronto el vehículo empezó a perder potencia y a aminorar su velocidad. Poco después detenía su marcha en el arcén. Varios intentos de arrancarlo resultaron infructuosos.

¿Qué hacer? El último pueblo por el que pasó había quedado muy atrás. Anochecía con rapidez. Se dio cuenta entonces de que ya hacía tiempo que no se cruzaba con ningún coche. ¿Quién iba a estar de viaje la tarde del 24 de Diciembre? Pensó en su hermana que le esperaba para la cena familiar y la inquietud que les embargaría su retraso. Intentó una vez más ponerlo en marcha pero nada se movía. Se bajó dirigiéndose al capó delantero y levantó la tapa. Con una pequeña linterna estuvo observando el motor.

Miró a su alrededor y le pareció descubrir una luz a lo lejos. Aparecía y desaparecía. Cayó en la cuenta de que podrían ser los árboles quienes la ocultasen por el viento. Entrando de nuevo en su vehículo se dispuso a esperar que algún coche pudiese pasar… Tras más de hora y media se bajó y buscó de nuevo la pequeña luz intermitente de antes. Encendiendo las luces largas vio hacia la derecha un camino de tierra que parecía dirigirse hacia donde titilaba la luz. Recogió su maleta y emprendió el camino.

Tras más de veinte minutos de caminar de cara al viento accedió a lo que parecía un grupo de casas viejas. Dejando atrás las primeras llegó a una especie de parque ajardinado con la estatua de alguien insigne en lo que pudiera ser el centro de aquel pequeño pueblo. Varias bombillas cubiertas por blancos platos adosadas a las paredes de algunas casas iluminaban con luz mortecina las calles empedradas. Nadie se veía. Varias chimeneas dejaban escapar grises humaredas que el viento arrastraba en largas volutas jugando con ellas.

Vio que algunas ventanas entreabiertas dejaban pasar la luz de su interior. Imaginó mesas puestas y cazuelas al fuego. Niños en alegre algarabía alrededor de la chimenea. Turrones, peladillas, pasas, higos secos, barquillos, todo ello colocado sobre una mesa en un lado de la cocina. Las mujeres preparando la sopa y las patatas al horno junto a la carne guisada. Y los hombres saboreando anís y coñac en aquellos diminutos vasos de cristal con líneas de colores azules, amarillas y rojas rodeándoles y que, recordaba, no faltaban en las casas de su niñez.

Se dirigió a la puerta más próxima. Una mujer con una niña en brazos le abrió…

Sentado a la mesa frente a ella y con sus dos hijos a cada lado cenaron aquella noche en que, según cuentan las leyendas, nació un maestro de la humanidad. Los regalos comprados para sus sobrinos sirvieron para alegrar las caras de aquellos niños. Zambombas y panderetas se oían tocar en las casas vecinas. Los pequeños hicieron sonar sus carracas. El viento seguía barriendo el páramo y al pasar por lo alto de la chimenea ululaba con fuerza. Cuando la madre acostó a sus hijos volvió a la cocina, y sirviendo sendos vasitos de licor se sentó a la mesa.

Creo reconocerte, ─le dijo el hombre─. Tu pelo es inconfundible. Veo que lo llevas más corto, pero eres tú, seguro…
Sonriendo la mujer le respondió: También yo creí reconocerte…, pero cómo iba a pensar que después de tantos años te vería de nuevo, y en una noche como ésta… La verdad es que he dudado, más por la sorpresa que por no reconocerte… Veinticinco años por lo menos…
¡Puede ser! No voy a negar que te he tenido en el pensamiento muchas veces… Aquella trenza rubia larga y enmarañada, aquella sonrisa, aquel desenfado tuyo y de tus compañeras en el trato con un desconocido. Aquel momento tan natural en el que te vi aquella fría mañana de invierno del cincuenta y siete lavando la ropa a mano en pleno campo junto a la fuente… Aquel botón de tu blusa que intentaste abrochar mirándome, y que tal vez por tener las manos heladas no pudiste. Ese gesto tuyo sonriéndome y no dándole mayor importancia, ¡no he podido olvidarlo!
Hablaron largo rato. Cuando se levantaron de la mesa el viento había amainado…
¡Ven! ─le dijo ella cogiéndole de la mano─, por esta noche retrocederemos en el tiempo…

Después de que el coche fue reparado continuó su viaje. Tarareando antiguos villancicos entraba en Madrid a eso de las cinco de la tarde.

Lo vivido aquella Nochebuena fue/es algo que jamás se repitió. Pero que perduró en el pensamiento de ambos hasta el día de su muerte.
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¡Llegó y lo crucificaron. Y sí volviese a nacer lo crucificarían de nuevo!
¡No hay mayor violencia que la necedad y la ignorancia!
Bueno, puede que haya una mayor…: 
¡La renuencia a saber!
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sábado, 3 de diciembre de 2016

...desistió de recordárnoslo.

Torla.
De regreso de pasar unos días en Torla, pirineo aragonés, en casa de un matrimonio amigo, y a su paso por Huesca, subieron al autobús algunas personas. Una de ellas, una joven mujer, se sentó a su lado. Empezaba a nevar.

Dejando atrás la ciudad observó como ésta sacaba una fotografía y la contemplaba largo rato. Era la imagen de un hombre, tal vez unos cincuenta años. Un gesto de ella al secarse las lágrimas hizo que éste la mirase. En ese momento y sin saber bien si se dirigía a él la mujer dijo muy despacio:

Mi padre… ―y mirándole añadió―: acaba de irse...
Lo siento… ―contestó Juan―. Y viendo que se echaba a llorar guardó silencio.

Al rato fue Isabel quien inició la conversación:
Hacía muchos años que nada sabía de él… Mis padres se separaron cuando contaba 15 años. Y ese hecho me marcó profundamente. Vi llorar a mi madre y culpé a mi padre… ¡Con lo que le quería… Con lo que me quería! También el hecho de que entonces me sentí abandonada. No era el caso, pues siguió muy próximo a mí y mis hermanas… pero no pude superarlo… Después la vida fue marcando su ritmo a todos.
Al principio hubo algunos contactos esporádicos. A diferencia de mis hermanas que solían pasar los fines de semana en su casa, junto a su compañera, yo nunca fui. No quise dejar a mi madre sola. Me parecía una traición hacerlo… No comprendía la situación, o más bien, hoy lo sé, no podía aceptarla… ¡Mi padre, el amor de mi vida de niña! Posteriormente nos trasladamos a otra ciudad y eso hizo que, con el tiempo, hasta mis hermanas dejaron de hablarle. Reconozco hoy que mi actitud de rechazo pudo influir en ello. Tras estas palabras Isabel guardó silencio y pareció ensimismarse en algunos recuerdos.
Durante muchos años seguí recibiendo, junto a mis hermanas, una postal y un dinero por nuestros cumpleaños y Navidad… Nunca le respondí. Teníamos un padre pero nos negábamos a aceptarle. Pasó el tiempo y unas Navidades nada llegó… Comprendí que si bien seguíamos siendo para él, ¡siempre!, desistió de recordárnoslo. Y nos dejó en nuestro albedrío, absurdo, hoy lo sé, de mantener el mismo comportamiento del que siempre le culpamos.
¿Y tú cómo estás ahora? le preguntó Juan.
Bien. Tranquila… En paz con él. Liberada de mí misma en el papel de hija ofendida, abandonada, no querida… ¡Libre! Pude hablar con mi padre antes de fallecer… No hubo necesidad de muchas palabras. Me hubiese gustado decirle cuánto le quería, ¡le quiero!, pero en su mirada vi que todo estaba dicho desde siempre. Que era y siempre fui su querida hija. Aquella que se dormía muy pequeña en la cama apoyada en sus piernas dobladas. La que le besaba en los labios cuando no contaba ni dos años, la que le adoraba… El tiempo se detuvo y todo pasó ante mis ojos.
Tras irse mi padre he pasado dos días junto a su mujer, su hija y la pequeña Liliana, su nieta. La serenidad de ambas mujeres ha sido para mí de una gran ayuda. No he percibido ni el más mínimo reproche por nada. Y sí una comprensión y un amor que, sé, estaba influenciado por mi padre. No había lágrimas en ellas, no había tristezas, ni sensación de pérdida. La vida no se había interrumpido… ¡Qué habría que llorar, qué echar de menos!
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«La muerte es sólo un paso más hacia la forma de vida en otra frecuencia» y «El instante de la muerte es una experiencia única, bella, liberadora, que se vive sin temor y sin angustia».


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viernes, 25 de noviembre de 2016

Black Friday.


Los viernes por la tarde era una fiesta en su empresa. Todos sus compañeros celebraban anticipadamente el fin de semana. Ambiente desenfadado, risas por doquier, todo fluía con alegría… Se despedían al salir, se deseaban buen “finde”. Se preparaban para lo que había de llegar…
¿Y qué era ello? ¡Pues principalmente el hacer algo distinto al resto de la semana! (También dejar de trabajar. Como si hubiesen hecho suyo el castigo divino de: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Los lunes por la mañana las mismas personas del viernes se veían de nuevo… Risas ninguna, sonrisas las menos… Lo más, lamentaciones, caras apesadumbradas, maldiciendo el día, el trabajo, las circunstancias del vivir el instante, etc. Y no ellos solos, sino que la mayoría de las personas que visitaban la empresa o fuera de ella, estaban en una situación similar. ¡Para ellos los lunes un calvario!
Él observaba todo esto con cierto desapego. No era partícipe de semejante realidad. Cierto que distinguía el viernes del lunes, cómo no. Pero ahí acababa toda similitud. De hecho tenía una curiosa forma de vivir/contar los días:
-Los lunes: el mejor día de la semana. Le gustaba trabajar y el trabajo que hacía. Chófer. La carga y descarga de material que realizaba le permitía ese ejercicio necesario que le mantenía ágil. Le gustaba conducir/viajar y todos los días realizaba un largo trayecto de reparto. Le pagaban por ello.
-Los martes eran el siguiente buen día y además la víspera de la mitad de la semana.
-Los miércoles: la mitad.
-Los jueves eran la víspera del último día…
-Los viernes, último día de trabajo e inicio del finde. Dándose la circunstancia de que era el único de los 69 miembros de la empresa que libraba los viernes al mediodía… Todos los demás a las siete de la tarde.
Un lunes mientras preparaba sus trabajos oía a unas compañeras de oficina relatarse algunas vivencias del fin de semana con cierta satisfacción. Para a los pocos minutos pasar al estado siguiente, común y repetitivo, de cada lunes. Les hizo una observación:
¿Diríais que el viernes pasado estabais exultantes por la perspectiva del finde siendo en realidad un día más de la semana?
Claro, ―contestaron ellas!
¡Si celebráis los viernes, lloraréis los lunes! Todos los días son iguales. Si magnificáis uno, el péndulo de la vida hará que desvaloréis otro. En realidad sois vosotras mismas quienes tintáis los días, y por extensión vuestras vidas. Ellos son siempre igual. ¡Tiempo! O mejor dicho: ‘instantes!
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Si sales a la calle con escudo (protector) acabará apareciendo la lanza que hace juego con él.
Si proyectas defensas ante ataques inexistentes, estos acabarán apareciendo en consonancia con aquellas.
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