No solo recuerdo como si fuese ayer esta canción, de 1965, sino que
me sitúo en aquel tiempo, tardes de verano, calor. Calles de mi
barrio, amigos, gentes… Mi casa, familia de entonces, mi vida…
¡Yo, 17 años!
Los
mismos que hoy pueden tener cualquiera que vuestros nietos… De
hijos, en lo que os conozco a la mayoría, creo que ya son padres.
56
años han pasado… Y no solo dos generaciones han nacido, sino que
el mundo que conocimos entonces, tan cambiado como el de otros 56
años atrás para quienes lo vivían. El de nuestros abuelos con 17
años también. ¡1909!
De
1909 a 1965 hubo una evolución en la humanidad, en su parte
occidental por lo menos, el mundo que conocemos, asumible... Aunque
no sea sino porque muchos de nosotros mismos la vivimos. Evolución,
adelantos, inventos, etc. ¡Transformaron el mundo! Las relaciones
personales. Valores, creencias, certezas, etc.
Del
1965 a la época actual, si bien ya llevamos algún tiempo, algunos,
en el que la evolución, los adelantos, la modernidad, cierta pérdida
de identidad humana, social, otros valores, etc., nos pilla con el
paso cambiado, gracias a Dios, todavía existimos… Estamos
entre dos aguas, y ello nos permite balancearnos de un lado a otro, o
si bien permanecer en uno, entender el otro.
Pero
de aquí en adelante, y no con la progresión habida hasta ahora,
tiempo al tiempo se decía, la cosa puede derivar en velocidades de
vértigo. ¡Lo de las 8 de la mañana puede resultar antiguo para las
8 de la tarde! No digamos ya para pasado mañana. Pero…
¡Tranquilos!
Puede que la cosa no vaya con nosotros… Los de, más/menos, 1948.
¡No directamente!
El
tren de la evolución, la modernidad y demás valores, pasará por la
estación de nuestras realidades… Las actuales, las conocidas, las
de siempre. Las nuestras. Pero no tiene por qué afectarnos. Bastará
con que contemos con un pequeño pañuelo blanco con el cuál,
agitándolo en el aire, despidamos con serenidad al tren y a quienes
en el viajen… ¡A dónde quiera que vayan!
Y ya
de espaldas a la estación y de camino a casa, contemplemos los
campos sembrados a ambos lados del camino, esos trigales dorados por
el estío. Los pétalos rojos de las amapolas que sobresalen entre
las espigas. Oigamos al jilguero cantar posado sobre el manzano tras
el murete de piedras que delimitan las pequeñas huertas. Y cuando
atravesemos el centenario puente de viejas piedras, y nos sentemos un
momento en el borde a contemplar las aguas de montaña que pasan bajo el, imperturbables, observemos la claridad de las mismas… ¡Todo
se ve diáfano!
¡Así
debemos ver nuestras vidas actuales!