Primera taza de té… Nada que decir! O mejor, quisiera decir algo pero nada surge… ¡Nada trascendente! Tal vez si en lugar de estar sentado a la mesa me hubiese ido a andar, con el frescor de la mañana, no tendría necesidad de “decir algo”. ¡La vida me diría a mí! Pero, aquí sigo.
En la casa de enfrente se levanta una persiana… Conozco al matrimonio que la habita, jubilados ya, con su hijo… algo especial. El mayor ya no está. ¡La vida!
Un ruido “infernal” rompe el silencio de la calle… Me asomo a la ventana, sabiendo qué es, y observo como la máquina de la limpieza de las calles se aleja hacia otras zonas. Justo veo a una mujer joven, rubia, perderse corriendo, vestida para correr, por la esquina de mi calle… ¿Qué albergará su mente?
Segunda taza de té. ¡Ah!... Si las tazas de té hablasen. ¡Cuántas cosas contarían! Lo que ven, lo que oyen, lo que intuyen… Que también lo hacen, pues no siempre quien se sienta delante de una taza de té, o humeante café, tiene sus ideas aclaradas. Sus objetivos marcados. Su vida definida. Su futuro asegurado...
Una garza en vuelo lento cruza el cielo ante mí siguiendo el curso del río en sentido inverso…
Qué contraste el del mundo de las garzas en comparación al nuestro, las personas. En el solo hay naturaleza! ¡Las complejidades de la vida, las suelen crear nuestras mentes!
La garza, el vuelo, el río, los peces… Su único e inmediato destino. ¡Nada más hay! ¡Qué simple!
¿Alguien quiere cambiar su vida por la de la garza?
























